I. LOS PRECEPTOS DE LA IGLESIA Todos estamos convencidos de la importancia que tiene la observancia de las leyes. En el deporte, p. ej., si no se guarda el reglamento y se hacen trampas, no se puede jugar. Lógicamente, más grave todavía es no respetar aquellas leyes que, de no cumplirse, provocan daños, a veces serios, a los demás, como son, p. ej., las leyes de tráfico. De todas ellas, la ley más importante, y por tanto la más necesaria en su cumplimiento, es la ley de Dios, expresada en los diez Mandamientos, porque, como señaló Cristo a aquel muchacho que se le acercó para pedir un consejo: «si quieres entrar en la Vida, cumple los mandamientos» (Mt. 19,17). Para facilitarnos el cumplimiento de la Ley de Dios, la Iglesia ha determinado algunas obligaciones del cristiano, que se conocen como Mandamientos de la Iglesia. Cristo le dio autoridad para gobernar a los fieles, y su solicitud de Madre la impulsa a señalar más concretamente cuál es la voluntad de Dios, ayudándonos a conseguir el Cielo. Esa es, en definitiva, la misión de la Iglesia. 1. JESUCRISTO FUNDA LA IGLESIA PARA SALVARNOS Jesucristo vino a la tierra para redimirnos y darnos la vida divina. Con objeto de continuar en la tierra, hasta el fin de los tiempos, su tarea redentora y conducir a todos los hombres a la salvación, I un da la Iglesia. Jesucristo, aunque pudo salvarnos de modo exclusivamente eterno e individual, prefirió crear una sociedad visible que fuera depositaría de sus enseñanzas y de los medios de salvación con que quiso dotar a los hombres. Convenía a la naturaleza humana —a un tiempo material y espiritual— que la salvación llegara a través de una sociedad visible: así recibimos los dones espirituales por medio de las realidades visibles, al modo de nuestra composición material y espiritual. Para eso eligió el Señor a San Pedro y a los demás Apóstoles: para que gobernaran la Iglesia y transmitieran los poderes a sus sucesores, el Papa y los Obispos. Estos poderes son: a) b) c) enseñar con autoridad la doctrina de Jesucristo santificar con los sacramentos y otros medios gobernar mediante leyes que obligan en conciencia. La Iglesia tiene un doble fin en la tierra: a) b) un fin último: la gloria de Dios un fin próximo: la salvación de las almas. 133 2. JESUCRISTO DIO A LA IGLESIA EL PODER DE PROMULGAR LEYES Cristo concedió efectivamente a su Iglesia el poder de gobernar, y envió a los Apóstoles y a sus sucesores por todo el mundo para que predicaran el Evangelio, bautizaran y enseñaran a guardar todo lo que El les había mandado: «el que a vosotros oye, a mí me oye» (Lc. 10, 16); «como me envió mi Padre, así os envío yo a vosotros» (Jn. 20,21). En virtud de esta autoridad, la Iglesia puede dictar leyes y normas. La Iglesia tiene el derecho y la obligación de fijar a los fieles todas las prescripciones que considere oportunas, por un doble motivo: 1) por haber recibido de Cristo el mandato de conducir a los hombres a la vida eterna, siendo depositaría e intérprete de la revelación divina. Al imponer los preceptos, la Iglesia pretende asegurar mejor el cumplimiento de los mandatos de Dios y las enseñanzas del Evangelio; 2) por la misión que Dios le confirió, la Iglesia, como sociedad perfecta, ha menester prescribir las normas precisas para la consecución de su tarea Así pues, al imponer a los hombres sus leyes, la Iglesia no pretende sino asegurar mejor el cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios y de los consejos que el Señor nos da a través del Evangelio. De hecho, las leyes de la Iglesia lo que hacen generalmente es determinar el tiempo y el modo de cumplirlos. De lo anterior se desprenden dos consideraciones: 1) Los mandamientos de la Iglesia son una muestra de cariño porque, al dictar estas normas, busca únicamente ayudar a cumplir las obligaciones del cristiano. La Iglesia sabe que a veces cuesta cumplir la voluntad de Dios, y por eso determina el modo de cumplirla, buscando garantizar convenientemente el camino de nuestra salvación. 2) Al incumplir uno de estos mandamientos de la Iglesia, no sólo no se cumple una ley meramente eclesiástica, sino que se quebranta una ley divina concretada en esa ley eclesiástica. De ahí que quebrantar uno de esos mandamientos en materia grave, es siempre pecado mortal (cfr. Cat. Mayor de S. Pío X, n. 474). Por ejemplo, dejar de cumplir el mandamiento de la Iglesia que ordena comulgar al menos una vez al año supone indiferencia con Jesucristo, y por tanto carencia de amor: este incumplimiento es en realidad señal de haber ya quebrantado —al menos en este aspecto— el primer mandamiento de la ley de Dios que prescribe amarlo sobre todas las cosas. Entre los mandamientos de la ley divina y los mandamientos de la Iglesia hay, sin embargo, algunas diferencias: a) los mandamientos de la ley de Dios obligan a todos los hombres, puesto que Dios mismo los dejó grabados en su conciencia; los de la Iglesia obligan sólo a quienes forman parte de ella; b) los mandamientos divinos son inmutables, pues están basados en la naturaleza humana, que no cambia; las leyes eclesiásticas pueden cambiar; c) los mandamientos de la ley de Dios no pueden ser dispensados; los de la Iglesia dejan de obligar por grave incómodo o por dispensa de la autoridad eclesiástica. 134 Los mandamientos de la Iglesia son muchos —en realidad lo son todas las prescripciones del Código de Derecho Canónico—, pero aquí vamos a estudiar los cinco principales que afectan a todos los fieles (vid. Catecismo Mayor de S. Pío X, Parte III, Cap. V): 1°. Oír misa entera los domingos y fiestas de precepto (can. 1247). 2°. Confesar los pecados graves al menos una vez al año (can. 989). 3°. Recibir la Eucaristía al menos una vez al año, por Pascua (can. 920). 4°. Ayunar cuando lo manda la Iglesia (can. 1251). 5°. Socorrer a la Iglesia en sus necesidades (can. 222). EJERCICIO 1. ¿Cuáles son las condiciones para ser miembro de la Iglesia Católica? 2. Busca los aspectos del Reino de los Cielos que describe San Mateo en el capítulo 13 de su evangelio, y señala las condiciones para llegar a él. 3. ¿Cuál es el fin de la Iglesia, y qué medios tiene para llegar a él? 4. Explica cuáles son las características de lo que se denomina «sociedad perfecta». 5. ¿Qué significa la frase «la Iglesia es jerárquica por institución divina»? 6. Explica por qué al incumplir un mandamiento de la Iglesia se transgrede también un mandamiento de la ley de Dios. Trabajo de investigación: Tomando como base los cánones 208 a 232 del CIC, señala cuáles son los deberes y derechos de los fieles cristianos. 135 1er. PRECEPTO: OIR MISA ENTERA LOS DOMINGOS Y DÍAS DE PRECEPTO La obligación que tenemos de emplear parte de nuestro tiempo para consagrarlo al culto de Dios es una ley escrita en el corazón, por lo que la conoceríamos aun cuando Dios no nos hubiera dado el precepto en el Monte Sinaí. Para ayudarnos a cumplir esa ley natural, Dios se reservó para Él un día a la semana, el sábado, que después la Iglesia cambió al domingo. «El domingo y las demás fiestas de precepto —nos señala el canon 1247 del CIC— los fieles tienen obligación de participar en la Misa» a) La razón de este precepto eclesiástico tiene su claro fundamento, como ya señalamos, en el derecho divino: es de ley natural rendir culto a Dios, y la Santa Misa es el acto fundamental del culto católico. b) A la Iglesia le ha parecido oportuno concretar el tercer mandamiento del decálogo del modo arriba indicado, y en el cumplimiento de este precepto encuentran los cristianos no sólo un deber, sino sobre todo un inmenso privilegio y honor: «Conviene, pues, venerables hermanos, que todos los fieles se den cuenta de que su principal deber y mayor dignidad consiste en la participación en el sacrificio eucarístico» (Pío XII, Enc. Mediator Dei, n. 22). c) Queda manifiesta la sublime dignidad de la Misa si consideramos detenidamente las palabras con que el CIC la define: «El sacrificio eucarístico, memorial de la muerte y resurrección del Señor, en el cual se perpetúa a lo largo de los siglos el Sacrificio de la cruz, es el culmen y la fuente de todo el culto y de toda la vida cristiana» (c. 897). Para santificar los domingos y otros días festivos, tributamos a Dios el culto de adoración más digno de Él. Ya los primeros cristianos entendieron que el culto más apropiado para esos días era la Santa Misa, y la Iglesia no necesitaba obligarlos a asistir al santo Sacrificio, puesto que ya ellos lo consideraban la realidad más importante de su vida. Pero cuando por efecto del arrianismo y de las invasiones de los bárbaros se perdió ese espíritu primitivo, la Iglesia se vio obligada, en el siglo V, a decretar el precepto de la asistencia a Misa. Este mandamiento obliga —bajo pecado mortal— a todos los fieles que tienen uso de razón y han cumplido los siete años. De esta manera, la Iglesia determina y facilita el cumplimiento del tercer mandamiento de la ley de Dios. Además, pedagógicamente enseña la importancia de la Misa para que asistamos con más frecuencia. 1. MODO DE CUMPLIRLO 136 a) Día previsto. Este precepto hay que cumplirlo precisamente el día que está mandado, pasado el cual cesa de obligar. Y así, el que dejó de oír Misa ese día, aunque sea culpablemente, no está obligado a ir al día siguiente, ni cumple con el precepto por ir otro día. Sin embargo, como es sabido, actualmente este precepto puede vivirse asistiendo a la-Misa vespertina del sábado o del día anterior a la fiesta (cfr. Instr. Eucharisticum Mysterium, n. 28; CIC, c. 1248). b) Presencia corporal. La asistencia a la Santa Misa debe ser real, es decir, el fiel ha de hallarse en el interior de la Iglesia o, si no le es posible entrar, estar unido a quienes están dentro. Por tanto, no cumple el precepto el que sigue la Misa por radio o televisión, ni el que permanece tan alejado del grupo que no se le puede considerar como formando parte de los asistentes. No se requiere sin embargo estar estrictamente dentro del recinto del templo; basta que forme parte de los que asisten a Misa —aunque sea en la misma calle, si la iglesia está abarrotada— y puede seguirlas de algún modo, por el sonido de la campanilla o las actitudes de los demás, etc. c) Integridad. Por este término se designa la obligación de asistir a Misa entera, lo que significa que, supuesta la intención recta, no debe omitirse una parte notable para cumplir el precepto. Decimos intención recta pues sería pecado grave también si por negligencia o por desprecio se dejara incompleta la Misa, aunque fuera en una parte menor. Se omite una parte notable si no se asiste a la llamada "parte sacrificial" de la Misa, es decir, que al menos se ha de estar presente del ofertorio a la comunión del sacerdote. El que ha omitido una parte notable de la Misa debe oír Misa entera; si no, pecaría mortalmente. Omitir otras partes de la Misa es pecado venial, si la intención —como hemos dicho— fue recta. El que llega tarde está obligado —leve o gravemente, según la parte omitida— a suplir lo que le falte en otra Misa posterior. Es lícito oír dos medias Misas, sucesivas no simultáneas, con tal que la Consagración y la Comunión pertenezcan a la misma Misa (cfr. Dz. 1203). Conviene notar que la mente de la Iglesia, sobre todo después del Concilio Vaticano II, es que todos los fieles oigan la homilía que predica el sacerdote después del Evangelio, por lo que cometen un verdadero abuso quienes la omiten sistemáticamente y deliberadamente, llegando después de ella, o ausentándose del recinto mientras ésta tiene lugar. d) Atención exterior. Para comprender este requisito, antes hemos de señalar que la atención a la Misa puede ser: exterior: consistente en evitar cosas incompatibles con la Misa a la que se asiste: p. ej., leer un libro que no tenga relación con el Santo Sacrificio, platicar con un amigo, contemplar las vidrieras, dormirse, etc.; interior: consiste en advertir el Sacrificio al que se asiste y darse cuenta de sus partes diversas. El que asista materialmente a Misa guardando al menos atención y compostura externa (es decir, con atención exterior) —aunque con la mente esté en otra cosa (falta de atención interior)—, cumple lo esencial del precepto para no incurrir en falta grave. No cumplirá, sin embargo, la finalidad intentada por la Iglesia en orden a dar culto a Dios mediante la participación en el Santo Sacrificio de la Misa, ya que se busca «que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo bien a 137 través de los ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada» (Conc. Vaticano II, Const. Sacrosanctum Concilium, n. 48). e) Devoción. Para sacar buen fruto de la Misa debemos no sólo atender a ella, sino asistir con espíritu de fe y sentimientos de piedad. Basta que pensemos que la Misa es la renovación del Sacrificio de la Cruz, para darnos cuenta de que no puede haber nada más divino y digno de nuestro esfuerzo, ni más útil para conseguir el aumento de la gracia. Los medios más aconsejables para asistir a Misa con devoción son: 1) unir nuestra intención a las intenciones con que Jesucristo se ofrece en ella; 2) seguir al sacerdote en las diversas partes del Sacrificio, p. ej., a través de un adecuado devocionario o Misal; 3) recitar en voz alta todas aquellas oraciones en las que debamos intervenir; 4) pedir ayuda a la Santísima Virgen, que asistió a Cristo al pie de la Cruz, pues es el mismo Sacrificio. Es evidente que mientras más nos empapemos del espíritu e intenciones de Cristo al inmolarse en el altar, y mientras más nos unamos a su Sacrificio, tanto más fruto sacaremos de él. 2. CAUSAS QUE DISPENSAN DE LA MISA En general, las circunstancias que puedan dispensar de asistir a Misa son: la imposibilidad física, una grave necesidad privada o pública y el grave daño que se pueda seguir para sí mismo o para el prójimo. a) Imposibilidad física: si se está enfermo, p. ej., y no puede razonablemente trasladarse para asistir a Misa; los débiles y convalecientes están dispensados si les supone un grave inconveniente; el que vive muy lejos de la Iglesia y no puede emprender el viaje sin serios problemas (no puede determinar la distancia, pues depende de los medios de transporte con los que uno cuenta). b) Una grave necesidad privada o pública puede igualmente dispensarnos de asistir a Misa. Los que cuidan enfermos o niños muy pequeños, p. ej., los que están obligados a trabajos urgentes y no pueden hacerse reemplazar. Los trabajadores podrán estar dispensados de asistir a Misa, pero deben hacer lo posible por modificar su situación. c) Grave daño: si por asistir a Misa se sigue un grave daño, para sí mismo o para el prójimo, existe razón suficiente para faltar a ella. La razón la hemos explicado antes (cfr. 2.5.2 a): en leyes puramente eclesiásticas, el legislador no tiene intención de obligar si de ahí se sigue un grave incómodo. Las reglas generales dadas arriba no resultan siempre fácilmente aplicables por la multitud de situaciones que pueden darse en la vida ordinaria (por ejemplo, si hay razón suficiente para faltar ante una enfermedad leve, ante un viaje largo, etc.). En estos casos de duda hay que tratar de salir de ella consultando, haciendo oración, etc. EJERCICIOS 138 1. ¿A qué se llama, dentro de la Santa Misa, la parte sacrificial? 2. Comentar los siguientes errores condenados por Inocencio XI en 1679: a) «El precepto de guardar las fiestas no obliga bajo pecado mortal, excluido el escándalo, con tal de que no haya desprecio» (Dz 1202). b) «Satisface el precepto de la Iglesia de oír misa, el que oye dos de sus partes y hasta cuatro a la vez, de diversos celebrantes» (Dz 1203). 3. Con el primer mandamiento, la Iglesia nos ayuda a cumplir uno de los preceptos del Decálogo. ¿Cuál? 4. Enuncia dos casos de asistencia parcial a la Misa dominical en los que no se cumple el precepto, y dos casos en los que sí se cumple. 5. Indica si hay en los siguientes ejemplos causas suficientes que dispensan de la Misa: a) esposa que es golpeada por su marido si sale de su casa b) persona en vacaciones a quien le supone invertir dos horas del domingo trasladarse de ida y vuelta a la Iglesia c) viajero que el día de precepto hace un trayecto de seis horas d) familia que sale de paseo al campo e) estudiante que debe preparar exámenes para el día siguiente. 6. Explica por qué el mandamiento de la Misa dominical se fundamenta en la Ley Natural. Trabajo de investigación. Con bases reales, expresa los motivos más frecuentes con que se pretende justificar el incumplimiento del precepto dominical, explicando los argumentos de ley natural y de ley divina con que se rebatirían esos motivos. 139 2do. PRECEPTO: CONFESAR LOS PECADOS MORTALES AL MENOS UNA VEZ AL AÑO El cristiano, liberado del pecado por el Bautismo, al estar dotado de libertad, puede volver a pecar y de hecho peca, de forma que su vida se convierte de algún modo en un recomenzar muchas veces, ya que necesita constantemente convertirse a Dios, con el que ha roto sus relaciones por el pecado mortal, o ha hecho que se enfriaran por el pecado venial. De aquí que la solicitud de la Iglesia por los pecadores se manifiesta principalmente en su interés porque se reconcilien con Dios, y preceptúa desde antiguo este mandamiento. De este modo trata de exhortar al pecador para que obtenga con frecuencia el perdón de Dios. Lo ha recordado el Papa Pablo VI, calificando el precepto anual de la confesión como uno de los más graves de la Iglesia «... (el deber anual de confesarnos) es deber de acercarnos sinceros y personalmente al sacramento de la penitencia, acusando los propios pecados con humilde y sincero arrepentimiento y con propósito de enmienda... Es éste uno de los preceptos más graves de la Iglesia: un precepto en todo su rigor; una ley difícil, pero muy saludable, sabia y liberadora» (Alocución, 23111-1977). Nótese que el Papa señala la necesidad de la confesión personal para el cumplimiento del precepto; también menciona las condiciones de contrición y propósito de enmienda, indispensables para la confesión válida. 1. RAZON DEL PRECEPTO ¿Cuál es la razón por la que la Iglesia ordena que el fiel se confiese por lo menos anualmente? ¿No es gravar más la conciencia del pecador haciendo que, por cada año transcurrido, se incrementen en uno sus pecados mortales? Sin embargo, al observar las cosas detenidamente, encontraremos el motivo: aquel que ha pecado gravemente manifestaría poco aprecio por la gracia santificante si, en un tiempo prudencial —que la Iglesia benévolamente determinó en un año—, no busca la reconciliación con Dios. Por tanto, pecaría gravemente por el hecho de ser remiso en la búsqueda de la liberación del pecado. De lo anterior se sigue que este precepto es una de tantas concreciones del mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas: fallaría en el amor —que es unión, comunicación— aquel que voluntariamente permanezca largo tiempo desunido del objeto de su amor. En virtud de la importancia de los motivos antes expuestos, ya desde antiguo (IV Concilio de Letrán, año de 1215), la Iglesia estableció el deber de la confesión anual de los pecados mortales. 2. CUMPLIMIENTO DEL PRECEPTO a. EDAD Como alrededor de los siete años comienza el uso de la razón, y se pueden cometer ya pecados mortales, la Iglesia señala la necesidad de acercarse al sacramento de la penitencia a partir de esa 140 edad, por lo menos una vez al año: «todo fiel que haya llegado al uso de razón está obligado a confesar fielmente sus pecados, al menos una vez al año» (CIC, c. 989). Es un precepto que obliga a todos los que han llegado al uso de razón, in-dependientemente de si tienen o no siete años —puede ser incluso antes—, pues llegado al uso de razón el niño es consciente de hacer una cosa mala, y entonces debe arrepentirse y confesarse de ella. De acuerdo con la doctrina enseñada por S. Pío X (cfr. Decr. Quam singulari, I) la Iglesia ha vuelto a indicar que los niños reciban desde esa temprana edad el sacramento de la penitencia (cfr. AAS 64(1972) 173-176; AAS 65(1973) 410), saliendo al paso de falsas teorías que niegan que los niños a esa edad puedan pecar y necesiten de este sacramento. Estas teorías puestas en práctica privarían a los niños de la gracia sacramental para luchar contra el pecado, produciéndoles graves daños. b. TIEMPO EN QUE SE HA DE CUMPLIR La esencia de este mandamiento es la confesión de los pecados mortales, abriendo al cristiano, separado de Dios por el pecado, la posibilidad de reanudar la vida de la gracia y la participación de la vida divina en su alma, de acuerdo con las siguientes consideraciones: 1) Una vez al año: en el mandamiento se prescribe, en primer lugar, la confesión anual de los pecados mortales. El precepto obliga gravemente, y no cesa la obligación de confesarse aun cuando haya pasado el año; en ese caso hay obligación de hacerlo cuanto antes. 2) Período: la Iglesia no ha determinado el tiempo de la confesión anual; pero es costumbre verificarla en el tiempo de cuaresma, ya por ser tiempo de especial contrición, ya porque alrededor de él obliga el precepto de la comunión anual. c. OTRAS CONSIDERACIONES 1) Como la confesión ha de estar bien hecha, no cumple con el mandamiento quien realiza una confesión sacrílega. 2) Teóricamente, este precepto no obligaría al fiel que, al cabo de un año, no tuviera ningún pecado mortal que confesar, pues los pecados veniales se perdonan también por otros medios. Sin embargo, parece difícil que eso suceda con aquel que no busca de modo habitual el auxilio de la confesión frecuente para vencer en la lucha contra el pecado. 3) Sobre las normas relativas a las absoluciones generales, vid. CIC, cc. 961-3. d. ADVERTENCIA Este precepto se sitúa al margen de la necesidad de la confesión para recibir los sacramentos que exigen el estado de gracia, pues determina una obligación más primaria ante Dios, que es la de reconciliarnos con El. Recordamos que también hay obligación grave de confesarse: 1) En peligro de muerte: todo cristiano está obligado en el momento de su muerte a disponer su alma para que se presente ante Dios para ser juzgado. Si en este momento tuviera pecados mortales, está obligado a confesarlos y, pudiendo hacerlo, no le bastaría el acto de contrición. Quien no pueda confesarse en caso de peligro de muerte, debe moverse a un acto de contrición perfecta, con propósito de confesarse en la primera oportunidad. 141 2) Si se va a recibir alguno de los sacramentos de vivos (Confirmación, Unción de Enfermos, Orden Sacerdotal, Matrimonio y Eucaristía). Quien tuviera conciencia de estar en pecado mortal debe antes confesarse: no basta hacer un acto de contrición. Es particularmente grave recibir la Eucaristía en pecado mortal, pues supone recibir indignamente el mismo Cuerpo y la misma Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Lo ha vuelto a recordar la legislación eclesiástica: «Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no celebre la Misa ni comulgue el cuerpo del Señor, sin acudir antes a la confesión sacramental» (CIC, c. 916). 3. LA CONFESION FRECUENTE O POR DEVOCION La Iglesia, al decir que al menos una vez al año se debe recibir el sacramento de la confesión, manifiesta su deseo de que los fieles se acerquen a él con más frecuencia. La confesión frecuente es medio necesario para que el pecador salga del pe cado —único modo de salir del pecado mortal, y el más apto para remitir el venial—, y muy útil para la perseverancia en el bien. Es muy dificultoso que viva alejado de culpa grave quien rara vez se confiesa. En este sentido, cabe también recordar que aquel que no hubiese cometido pecados mortales, no estaría, en rigor de ley, obligado a confesarse, ya que los pecados veniales se perdonan también por otros caminos, en especial por la recepción devota de la Eucaristía. Sin embargo, la Iglesia recomienda la confesión frecuente de los pecados, aunque no se tengan pecados mortales: «para progresar cada día con mayor fervor en el camino de la virtud, queremos recomendar con mucho encarecimiento el piadoso uso de la confesión frecuente, introducido por la Iglesia no sin una inspiración del Espíritu Santo: con él se aumenta el justo conocimiento propio, crece la humildad cristiana, se hace frente a la tibieza e indolencia espiritual, se purifica la conciencia, se robustece la voluntad, se lleva a cabo la saludable dirección de las conciencias y aumenta la gracia en virtud del Sacramento mismo» (Pío XII, Ene. Mystici Corporis, AAS 35, 1943, p. 234). El mismo Papa se lamentaba de errores que desaconsejan la confesión frecuente: «ciertas opiniones que algunos propagan sobre la frecuente confesión de los pecados son enteramente ajenas al Espíritu de Jesucristo, y de su inmaculada Esposa, y realmente funestas para la vida espiritual» (Ene. Mediator Dei, AAS 39, 1947, p. 585). No debe olvidarse, en efecto, que los pecados veniales, «recta y provechosamente y lejos de toda presunción, pueden decirse en confesión» (Conc. de Trento: Dz. 899), ya que aunque no es necesario confesarlos para que el sacramento sea válido, y pueden ser también perdonados por otros medios, no ha de caerse en «las falsas opiniones de los que aseguran que no hay que hacer tanto caso de la confesión frecuente de los pecados veniales, cuando tenemos aquella más aventajada confesión general que la Esposa de Cristo hace cada día, con sus hijos unidos a ella en el Señor, por medio de los sacerdotes, cuando están para ascender al altar de Dios» (Pío XII, Ene. Mystici Corporis: AAS 35, 1943, p. 235). La confesión frecuente es una recomendación por el Código de Derecho Canónico para los sacerdotes, para los religiosos y para los seminaristas (cfr.cc, can. 276, 5°, 246 §4); El Concilio Vaticano II nos recuerda que todos estamos llamados a la santidad, y para alcanzar esa plenitud de vida cristiana hay que recibir con frecuencia los sacramentos: «es de suma importancia que los fieles... reciban con la mayor frecuencia posible aquellos sacramentos que han sido instituidos para alimentar la vida cristiana» (Const. Sacrosanctum Concilium, n. 59); por eso está prohibido taxativamente disuadir a los fieles de la práctica de la confesión frecuente: «por lo que se refiere a la confesión frecuente o de devoción, los sacerdotes no osen disuadir de ella a los fieles» 142 (Normae pastorales circa absolutionem sacramentalem generali modo impertiendam, 16-VI-1972: AAS 64, 1972, p. 514). Es claro que si no sólo no se fomenta, sino que de algún modo esa confesión frecuente se dificulta, el sacramento quedará reservado a los casos de estricta necesidad: para la remisión de los pecados mortales, con el consiguiente y grave riesgo de difamación: «absolutamente se ha de evitar que la confesión individual se reserve sólo para los pecados graves; pues esto privaría a los fieles del mejor fruto de la confesión y dañaría la fama de aquellos que individualmente se acercan a este Sacramento» (Normae pastorales circa absolutionem sacramentalem..., P- 514). EJERCICIOS 1. Comentar el porqué de la condena que el Papa Sixto IV hizo a la siguiente proposición de Pedro de Osma (1479): «La confesión de los pecados en especie, está averiguado que es realmente por estatuto de la Iglesia Universal, no de derecho divino» (Dz, 724). 2. ¿Cuáles son los cinco actos que señala el Catecismo de San Pío X como necesarios para hacer una buena confesión? 3. Busca algunos textos de la Sagrada Escritura en que se pueda ver: a) la actitud de Jesucristo con los pecadores b) el perdón de los pecados, prueba de la misericordia y del amor de Dios para con los hombres c) el valor de la confesión d) la necesidad que el hombre tiene de la confesión e) el poder de las llaves que Cristo otorga a su Iglesia. 4. Prepara por escrito, y para tu uso personal, un pequeño cuestionario que te sirva para el examen de conciencia que debes hacer todos los días antes de acostarte. 5. Indica si las siguientes frases son o no acertadas, y por qué: «yo sólo me confieso cuando tengo pecados mortales» a. «hice un acto de contrición y comulgué, aunque tenía pecados mortales» b. «no quiero que se confiese este niño porque se le puede producir un "trauma"» c. «me confesé hace más de dos años, pero sigo comulgando» d. «me confieso con frecuencia para prepararme mejor a comulgar» 6. Señala medios con los cuales es posible alcanzar el perdón de los pecados veniales, además de la confesión sacramental. Trabajo de investigación: Haz una reseña histórica —no mayor de tres hojas a doble espacio— sobre las prácticas penitenciales en la Edad Media. 143 3er. PRECEPTO: COMULGAR UNA VEZ AL AÑO, POR PASCUA. 1. RAZON Y CARACTERISTICAS DE ESTE PRECEPTO Comprender en toda su profundidad el misterio de la Eucaristía es imposible para una inteligencia creada. Sin embargo, iluminada por la re, puede percibir la gran importancia que —en sí mismo y en orden a la salvación— tiene este augusto Sacramento. En virtud de su infinito valor per se y de su importancia, la Iglesia señala el precepto de comulgar al menos anualmente. Su valor intrínseco estriba en el dogma de la presencia real: en la Eucaristía se contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. El resto de los sacramentos, la liturgia, la predicación y toda la acción apostólica y misionera de la Iglesia miran a la Eucaristía como su vértice y culmen. Que sea necesario para la vida eterna se desprende de las mismas palabras del Señor: «en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo lo resucitaré en el último día» (Jn. 6, 53-54). Por todo lo anterior es lógico que la Iglesia promulgue este tercer mandamiento, pues supondría indiferencia ante el Cuerpo y Sangre del Señor —y tendría por ello razón de pecado— el caso de quien no se acercara, al menos una vez al año, a recibirlo. Así, pues, incumplir este precepto lleva consigo la comisión de pecado mortal. 2. DISPOSICIONES PARA EL CUMPLIMIENTO DEL PRECEPTO La legislación señala que «todo fiel después de la primera comunión, está obligado a comulgar, por lo menos una vez al año. Este precepto debe cumplirse durante el tiempo pascual, a no ser que por causa justa se cumpla en otro tiempo dentro del año» (CIC, c. 920). Señalamos considerandos de interés: 1) Es obvio, en primer lugar, que este precepto sólo se cumple si se comulga en estado de gracia. Quien se encuentra en pecado mortal no puede comulgar sin haberse confesado antes, porque cometería un sacrilegio: no basta la contrición, por muy arrepentido que se considere el sujeto. El Concilio de Trento enseña que «nadie, con conciencia de pecado mortal, por más contrito que esté, se acerque a la Sagrada Eucaristía sin haber hecho una confesión sacramental» (Dz 880). Explícitamente lo dice San Pablo: «por tanto examínese a sí mismo el hombre; y de esta suerte coma de aquel pan y beba de aquel cáliz. Porque quien lo come y bebe indignamente, se come y bebe su propia condenación, no haciendo el debido discernimiento del Cuerpo del Señor. De aquí es que hay entre vosotros muchos enfermos y sin fuerzas, y muchos que mueren» (I Cor 11, 28-30). 144 2) La comunión anual debe hacerse durante el tiempo de pascua, es decir, desde el domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés. Sin embargo, haciendo uso de la facultad otorgada por el Código de Derecho Canónico (cfr c. 920), la Conferencia Episcopal de México determinó alargar el tiempo en que puede cumplirse el precepto, desde el 2 de febrero hasta la fiesta de la Santísima Virgen del Carmen (16 de julio). 3) Por parte del cuerpo se requiere, por precepto, el ayuno eucarístico. La disciplina actual sobre el ayuno eucarístico es la siguiente (cfr. CIC, c. 919): a. El ayuno —abstención de cualquier alimento y bebida— ha de ser desde una hora antes de la comunión. b. El agua y las medicinas no rompen el ayuno. c. Los enfermos, o personas de edad avanzada pueden comulgar aunque hayan tomado algo en la hora inmediatamente anterior a la comunión. d. En el caso anterior se encuentran también las personas que cuidan a los enfermos o a los ancianos. Como es lógico, la reverencia que debemos al Santísimo Sacramento se debe manifestar especialmente al recibir la comunión, y por eso se hacen necesarias otras disposiciones: 1) La mejor preparación para comulgar es la asistencia a la Santa Misa, y por eso en el Código de Derecho Canónico (c. 918) se aconseja a los fieles que procuren recibir la sagrada comunión dentro de la Santa Misa; sin embargo, aclara también que cuando alguien pide la comunión con causa justa, se le debe administrar fuera de la celebración eucarística. Esa causa justa es, según la interpretación de los canonistas, la simple satisfacción de la devoción de comulgar diariamente, de tal manera que, cuando se solicita en el lugar y en el momento adecuado, cualquier fiel tiene el derecho de que se le dé la comunión. 2) La adoración debida al Cuerpo de Cristo tiene también otras manifestaciones externas; por eso, aunque está permitido comulgar de pie, es más acorde a la dignidad del Sacramento comulgar de rodillas (cfr. Instrucción Eucharisticum mysterium, 25-V-1967, n. 34, b). 3) Por el mismo motivo de reverencia y adoración, el modo tradicional de comulgar ha sido, durante muchos siglos, recibiendo la Sagrada Hostia directamente en la lengua, porque es el modo más apto de evitar cualquier peligro de profanación o irreverencia (cfr. Instrucción Memoriale Domini, 29-V-1969: AAS 61(1969) p. 545). Por indulto de la Santa Sede, hay lugares donde el Obispo puede autorizar que se comulgue recibiendo la Hostia en la mano. En este caso, para distribuir así la comunión ha de evitarse cualquier peligro de irreverencia hacia el Santísimo Sacramento, y el que se pueda introducir algún error sobre la presencia real y permanente del Señor en la Eucaristía (cfr. Instr. Immensae caritatis, 29-1-1973: 4AS 65 (1973), p. 270; Notificación de la S.C. para el Culto Divino, 3-IV-1985); se indica también que «el fiel que ha recibido la Eucaristía en su mano, la llevará a la boca antes de regresar a su lugar, retirándose lo suficiente para dejar paso al que sigue, permaneciendo siempre de cara al altar» (Notificación..., n. 3); además, hay que garantizar eficazmente que no caigan o se dispersen fragmentos de las especies eucarísticas y que las manos estén convenientemente limpias (cfr. Instr. Memoriale Domini, p. 547; Notificación..., n. 6); por último, está indicado que «no se obligará jamás a los fieles a adoptar la práctica de la comunión en la mano, dejando a cada persona la necesaria libertad para recibir la comunión en la mano o en la boca» (Notificación..., n.7). 145 3. OTROS PUNTOS DE INTERES a. LA PRIMERA COMUNION La Iglesia hace una llamada a los padres o a los que hacen sus veces —e igualmente a los párrocos— para que procuren que todos los niños, al llegar al uso de razón, se preparen y, previa confesión, hagan cuanto antes la primera comunión (cfr. CIC, c. 914). Lógicamente, una vez que el niño tiene uso de razón, la falta de la debida preparación sólo podrá ser imputada a los padres, padrinos o parientes. b. LA COMUNION FRECUENTE La Iglesia ha recomendado vivamente a todos los fieles —sobre todo en los últimos años— la práctica de la comunión frecuente e incluso diaria. San Pío X enseñaba que «Jesucristo y su Iglesia desean que todos los fieles cristianos se acerquen diariamente al Sagrado convite, principalmente para que unidos con Dios por medio del sacramento, en él tomen fuerzas para refrenar las pasiones, purificarse de las culpas leves cotidianas, e impedir los pecados graves a que está expuesta la debilidad humana» (Decreto Sacra Tridentina Synodus, 20-X-1905). Actualmente la Iglesia permite recibir una segunda vez el mismo día la Eucaristía, siempre que esta segunda ocasión sea dentro de la Santa Misa, puesto que las razones que lo justifican están precisamente en las circunstancias que caracterizan esa celebración (cfr. CIC, c. 917, y la respuesta de la Pontificia Comisión para la interpretación auténtica del Código de Derecho Canónico, del 11VIII-1984, indicando que sólo se puede comulgar una segunda vez al día, y no más veces). La única excepción a esta norma es el peligro de muerte, en que se puede comulgar otra vez fuera de la celebración eucarística. Para la comunión frecuente y aun diaria no se requiere otra cosa que las disposiciones de precepto (estado de gracia y ayuno eucarístico), y la rectitud de intención, de modo que se haga para agradar a Dios y no por fines humanos o por rutina. c. LA COMUNION BAJO LAS DOS ESPECIES La comunión bajo las dos especies sólo es necesaria para el sacerdote que celebra la Santa Misa. Lo anterior es verdad de fe, definida en el Conc. de Trento (sesión XXI, can. 1: Dz 934). El sacerdote celebrante debe comulgar bajo ambas especies, ya que debe haber hecho la doble consagración para que se realice la inmolación incruenta del Sacrificio de la Misa, y este sacramento debe consumirse, sumiéndolo como alimento del alma. La Iglesia por causas justas introdujo la costumbre de distribuir la comunión a los fieles sólo bajo la especie de pan, y condenó los ataques de los husitas y de los protestantes contra esta costumbre (cfr. Dz 934-5). La fe nos dice que bajo cada una de las especies consagradas se contiene Jesucristo entero, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, y al comulgar bajo una especie nadie queda defraudado de ningún efecto del sacramento. Además, al dar a los fieles la comunión con el vino, hay el peligro de que se derrame algo del Sanguis, lo que supondría una injuria a tan gran misterio. 146 En algunos casos determinados, la Iglesia ha concedido la facultad de distribuir a los fieles en la Misa la comunión bajo ambas especies. Estos casos están expresamente enumerados en el n. 242 de la Institutio Generalis Missalis Romani En el n. 240 de ese mismo documento se señala que, cuando se da la comunión bajo ambas especies hay obligación grave de garantizar que los fieles conocen bien, sin peligro de error, la doctrina de la Iglesia sobre este tema, y que no hay riesgo de falta de reverencia al Santísimo Sacramento. d. EL VIATICO La comunión se llama por viático cuando se recibe en peligro de muerte. La palabra viático significa "provisión" para el viaje, y en efecto, la comunión del enfermo en peligro de muerte es ayuda y provisión divina para el gran viaje de la eternidad. La Iglesia, llena de amor por todas las almas, establece que «se debe administrar el Viático a los fieles que, por cualquier motivo, se hallen en peligro de muerte» (CIC, c. 921). EJERCICIOS 1. Comentar la siguiente enseñanza del Papa Pío X (16-XII-1905): «Aun cuando conviene sobremanera que quienes reciben frecuente y hasta diariamente la comunión estén libres de pecados veniales, por lo menos de los plenamente deliberados, y de apego a ellos, basta sin embargo que no tengan culpas mortales» (Dz 1987). 2. ¿A qué se refiere el error jansenista sobre la recepción de la Eucaristía? 3. Transcribir y comentar los cánones 897 y 898 del CIC. 4. Lee el pasaje de I Cor 11, 23-29, y señala las instrucciones que ahí nos da San Pablo en relación a la recepción de la Sagrada Comunión. 5. Indica si son o no acertadas las siguientes frases y por qué: «comulgué temprano en la escuela, y volví a hacerlo en la Misa de funerales a la que asistí» «Hacía como tres cuartos de hora que había comido un dulce, y comulgué» «Necesitaba confesarme, pero como no hubo sacerdote, hice un acto de contrición y comulgué» «Comulgando con frecuencia he podido vencer mejor las tentaciones» «había dicho algunas mentiras pequeñas y de todos modos comulgué» «como ahora es difícil encontrar quién prepare para la primera comunión, mi hijo de 12 años todavía no la hace» «si hace dos años que no comulgas, tienes por lo menos dos pecados mortales». Trabajo de investigación. En un trabajo que no exceda tres hojas a doble espacio, expón las principales enseñanzas de San Pío X sobre el Sacramento de la Eucaristía. 147 4to. PRECEPTO: HACER PENITENCIA CUANDO LO MANDA LA IGLESIA 1. RAZON DE ESTE PRECEPTO. Nuestro Señor Jesucristo enseñó que hacer obras de penitencia es condición indispensable para entrar en el Reino de los Cielos: «Yo os digo que si no hiciereis penitencia, todos igualmente pereceréis» (Lc 13, 3). Repetidamente se recuerda en la Sagrada Escritura la necesidad de hacer obras de mortificación y renuncia: Cfr. Mt. 4,2; 9, 15; 17,21; Lc 3,3; 13,15; 24, 47; Hechos 2, 38; 13, 2; 14, 23; II Cor 4, ss.; 11, 27; etc. Las razones teológicas con que Santo Tomás explica por qué es necesario hacer penitencia para conseguir la vida eterna son (cfr. S. Th. II-II, q. 147, a. 1): a. porque con la penitencia la mente, desprendiéndose de lo terreno, se eleva con más facilidad a las cosas del cielo; b. porque la penitencia es un eficaz remedio para reprimir la concupiscencia y vencer los apetitos desordenados; c. porque con la penitencia se consigue la reparación de los pecados propios y ajenos; d. porque las obras de penitencia son fuente de méritos ante Dios. Hacer penitencia, sin embargo, implica al hombre la renuncia de tendencias y apetitos. Le supone negarse a sí mismo y representa para él una obligación costosa: por eso la Iglesia se encarga de recordar este deber, señalando que como mínimo se hagan pequeñas mortificaciones en las comidas que deben ser cumplidas ciertos días del año. 2. LA LEY ECLESIASTICA SOBRE LA PENITENCIA Buscando la concepción amplia de esta obligación, la nueva legislación canónica —además de establecer preceptos concretos— se propone de algún modo recordar a todos los cristianos algunas ideas fundamentales que sirvan para aumentar el afán de purificación, a través de la penitencia (cfr. CIC, c. 1249): 1) en primer lugar, recuerda que todos los fieles, por ley divina, tienen obligación de hacer obras de penitencia; 2) la razón de que se señalen días v tiempos penitenciales para toda la Iglesia es manifestar la unidad de los cristianos, dejando claro que no sólo esos días se debe hacer penitencia; 3) hay diversos modos, en esos días penitenciales, de vivir el espíritu de mortificación; 4) de entre esos modos de hacer penitencia, sobresalen el ayuno y la abstinencia, que se imponen como obligatorios en algunos días y para algunas personas. El ayuno consiste en hacer sólo una comida al día, aunque se permita tomar un poco de alimento por la mañana y por la noche. La abstinencia —también llamada vigilia— consiste en abstenerse de comer carne. Por tanto, queda claro que más que la imposición de otro precepto, la Iglesia considera oportuno recordar a través de esta ley la necesidad de mantener el espíritu de 148 mortificación y de renuncia, que tiene su fundamento en la ley divina: hacer penitencia es imprescindible para conseguir el Reino de los cielos. 3. LA FORMA CONCRETA DE VIVIR EL PRECEPTO Los días y tiempos con carácter penitencial para toda la Iglesia son: todos los viernes del año (días penitenciales) y el tiempo ele cuaresma (tiempo penitencial) (cfr. CIC, c. 1250). Es necesario recordar que la noción de días y tiempos penitenciales es más amplia que la de días de ayuno y de abstinencia; todos esos días y ese tiempo que se señalan en el CIC hay obligación especial de hacer obras de penitencia —por ejemplo, mortificaciones voluntarias—, o piedad — oraciones especiales—, o misericordia —limosna, visitar enfermos, etc.—. Es decir, que no en todos ellos esa obligación se concreta en el ayuno y la abstinencia; en general, la obligación de observar los días y tiempos penitenciales es grave. Entre los días penitenciales hay dos especialmente importantes: miércoles de Ceniza y Viernes Santo. Estos dos días hay obligación del ayuno y de la abstinencia (cfr. CIC, c. 1251). Los otros días penitenciales —todos los viernes del año— hay obligación de guardar la abstinencia. Las Conferencias Episcopales en cada país pueden sustituir la abstinencia de carne que obliga todos los viernes del año, por alguna otra mortificación o buena obra. En Perú: a) El ayuno y la abstinencia sólo obligan el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. b) La abstinencia obliga todos los viernes de Cuaresma. c) Los demás viernes del año, la abstinencia puede sustituirse por una obra de piedad o de misericordia, o por cualquier otra mortificación. En concreto, el cuarto mandamiento de la Iglesia se cumple: a) viviendo el ayuno y la abstinencia el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo; b) viviendo la abstinencia todos los viernes del año, o bien, en nuestro país, supliéndola (sólo los viernes que no son de cuaresma) por una obra especial de caridad, de oración o de sacrificio; c) viviendo durante la Cuaresma obras especiales de caridad, oración o sacrificio. El ayuno obliga de los 18 a los 59 años, y puede haber algunas causas que dispensen de él: 1) la imposibilidad: p. ej., los enfermos, los convalecientes, las personas muy débiles o carentes de recursos económicos, etc.; 2) el trabajo, para quienes se ocupan en labores físicas que causan gran fatiga corporal y necesitan de alimento. La abstinencia obliga desde los 14 años. EJERCICIOS 1. ¿Qué significados tiene la palabra penitencia? 149 2. Lee el Salmo 50 y escribe los versículos que más se relacionan con la purificación de los pecados. 3. Busca cinco textos del Evangelio en que se transcriban palabras de Nuestro Señor hablando de la necesidad de hacer penitencia. 4. Transcribe y comenta: a) Lc. 2, 34-35 b) I Cor. 9, 27. 5. Explica la diferencia que hay entre el ayuno eucarístico y el ayuno prescrito por el 4° mandamiento de la Iglesia. 6. Indica qué beneficios desde un punto de vista meramente humano, se siguen del hecho de ayunar. 7. ¿Qué respuestas darías a las siguientes preguntas, y por qué? ¿me obliga el ayuno si tengo hepatitis? ¿es cierto que actualmente todos los viernes del año es vigilia? hoy es viernes de cuaresma y comí carne, ¿qué debo hacer? si trabajo como cargador de bultos, ¿tengo que ayunar? mi hija de 10 años comió carne el Viernes Santo; ¿cometió pecado? rezo todos los días 3 avemarías por la noche. ¿Me vale eso para cumplir la penitencia de cuaresma? el Miércoles de Ceniza no resistí la tentación de comer entre comidas, ¿qué clase de pecado cometí? Trabajo de investigación: Haz un escrito no mayor de tres hojas a doble espacio sobre las virtudes de la sobriedad y la templanza. 150 5to. PRECEPTO: SOCORRER A LA IGLESIA EN SUS NECESIDADES 1. RAZON DE ESTE PRECEPTO. La Iglesia, al ser Madre y preocuparse de las necesidades espirituales y materiales de sus hijos, reclama de ellos oraciones, sacrificios y limosnas. Con éstas puede ayudar a los más necesitados: los pobres, las misiones, los seminarios, etc. Además, la ayuda material que los cristianos tienen obligación de prestar a la Iglesia sirve también para el digno sustento de los ministros y para atender al esplendor del culto: edificios, vasos sagrados, ornamentos, etc. Por las razones expuestas, es lógico que la Iglesia pida a sus hijos algunas contribuciones, e indica que: «los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras apostólicas y de caridad y el conveniente sustento de los ministros» (CIC, c. 222 §1). La obligación de ayudar económicamente a la Iglesia deriva del hecho de que ésta, aunque es divina por razón de su origen y de su finalidad, se compone de elementos humanos y tiene necesidad de recursos para cumplir su altísimo fin; Á el mismo Cristo dijo a sus discípulos: «el que trabaja tiene derecho a la recompensa» (Lc 10, 7), y San Pablo: «Dios ha ordenado que los que predican el Evangelio, vivan del Evangelio» (I Cor, 9, 14). 2. FORMA EN QUE SE CONCRETA ESTE PRECEPTO En épocas pasadas este deber se concretaba en la entrega de diezmos —la décima parte— o las primicias —las primeras recolecciones— de los frutos de la tierra y de los animales. Actualmente se ha dispuesto de manera distinta. En algunos países, hay normas concretas, emanadas de la autoridad eclesiástica competente, que definen cómo cumplir este precepto. En otros países, esta obligación de ayudar a la Iglesia, tanto con dinero como con prestaciones personales —p. ej.: la persona que no puede dar dinero, pero se ofrece a colaborar con su trabajo para que la Iglesia de su parroquia esté limpia—, queda a la libre determinación de los fieles. Pero siempre hay que cumplir este mandamiento de algún modo. Este precepto obliga en conciencia y en justicia, porque de otra manera no puede atenderse a esos gastos que demanda la dignidad del culto debido a Dios. EJERCICIOS 1. 2. ¿Por qué decimos que la Iglesia es nuestra Madre? Menciona algunos de los deberes que tenemos con la Iglesia. 151 3. 4. 5. Nombra algunos puntos prácticos en que debes obedecer a la Iglesia en tu vida cristiana ordinaria. Lee Deut. 26, 12-19 y explica cómo los hebreos sufragaban los gastos del culto y el mantenimiento de los sacerdotes. Fundamentado en el 5° mandamiento de la Iglesia, ¿qué respuesta darías, y por qué, a los siguientes comentarios?: ya no doy a la Iglesia porque doy a los pobres la mejor forma de ayudar a la Iglesia es con mi comportamiento mis padres me resuelven todas mis necesidades y, además, me dan bastante dinero cada semana, ¿qué podría hacer yo para cumplir este mandamiento de la Iglesia? yo no doy limosna porque pienso que la Iglesia no tiene necesidades con lo que gano apenas mantengo a mi familia. ¿Debo dar limosna a la Iglesia? Trabajo de investigación: Relata las instrucciones que Yahvé dio a Moisés en el libro del Éxodo acerca de la dignidad que debía emplearse en el culto divino. 152
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