1 APÓSTOLES Prólogo Este texto recoge, en la voz de cada uno de los apóstoles, un modo de testimoniar la fe, los sentimientos y el significado de su seguimiento del Señor Jesús. Dar voz a lo que pudo ser la experiencia de cada uno de ellos es un intento de dejarnos interpelar por la vida de fe de esas doce columnas de la Iglesia. Este humilde esfuerzo no pretende suplir el testimonio que algunos de ellos han transmitido en escritos del Nuevo Testamento. Es una invitación a convertirnos en sus interlocutores y a dejarnos contagiar por su fe, sus dificultades, sus luchas y su celo apostólico. A Jeshua hay que buscarlo junto con ellos y con todas las mujeres y los hombres sedientos de buenas noticias, de Dios, de una plenitud de alegría y de fraternidad real en un mundo lastimado hasta el extremo por la iniquidad y la falta de Dios. En esa búsqueda nos sumamos al coro de los apóstoles. Antes de “darles la palabra” hemos introducido algunas notas breves para presentar a cada apóstol, a modo de reseña de su perfil histórico. Su voz sigue el orden en que el Evangelio de Marcos los enumera en la elección que Jeshua hiso de ellos (Mc 3, 13-15). La voz de Pedro abre y cierra el testimonio de los otros apóstoles. Nos ha parecido conveniente hacerlo de este modo por la deferencia que merece como jefe y cabeza del grupo. Viernes Santo, 25 de Abril de 2025 1 2 Introducción Uno de los datos más seguros de la vida de Jesús es que constituyó a un grupo de doce discípulos a los que denominó los “Doce Apóstoles”. Este grupo estaba formado por hombres a quienes Jesús llamó personalmente, que le acompañan en su misión de instaurar el Reino de Dios, y que fueron testigos de sus palabras, de sus obras y de su resurrección. Los discípulos llamados a ser apóstoles de Cristo fueron las piedras fundamentales de su iglesia. En el libro del Apocalipsis 21,14 se afirma que los doce cimientos del muro de la Nueva Jerusalén tendrán inscritos sobre ellos los nombres de los doce apóstoles La información con que contamos sobre ellos se basa en lo que dice sobre ellos el Nuevo Testamento y algunas leyendas y tradiciones venerables. El grupo de los Doce aparece en los escritos del Nuevo Testamento como un grupo estable. Sus nombres son “Simón, a quien le dio el nombre de Pedro; Santiago el de Zebedeo y Juan, el hermano de Santiago, a quienes les dio el nombre de Boanerges, es decir, «hijos del trueno»; Andrés y Felipe, y Bartolomé y Mateo, y Tomás y Santiago el de Alfeo, y Tadeo y Simón Cananeo; y Judas Iscariote, el que le entregó” (Marcos 3,16-19). En las listas que aparecen en los otros Evangelios y en Hechos de los Apóstoles, apenas hay variaciones. A Tadeo se le llama Judas, pero no es significativo, pues hay varias personas que se llaman de la misma manera —Simón, Santiago— y que se distinguen por el patronímico o por un segundo nombre. Se trata de Judas Tadeo. Es significativo que en el libro de los Hechos de los Apóstoles no se hable de la labor evangelizadora de muchos de ellos. Señal de que se dispersaron muy pronto y de que, a pesar de eso, la tradición de los nombres de quienes eran los Apóstoles estaba firmemente asentada. 2 3 San Marcos dice que Jesús: “subiendo al monte llamó a los que él quiso, y fueron donde él estaba. Y constituyó a doce, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar con potestad de expulsar demonios” (3,13-15). Es Jesús quien toma la iniciativa, los constituye en grupo y los envía con su misma potestad. Mateo (10,1) y san Lucas (6,12-13) se expresan en tonos parecidos. A lo largo del evangelio se percibe cómo acompañan a Jesús, participan de su misión y reciben una enseñanza particular. Los evangelistas no esconden que muchas veces no entienden las palabras de su Maestro, ni que, en el momento de la prueba, lo abandonaron. Pero señalan también la confianza renovada que hizo renacer en ellos el encuentro con el Señor resucitado. Es significativo que el número de los elegidos sea doce, número que remite a las doce tribus de Israel (cfr Mateo 19,28; Lucas 22,30), y no a otros números comunes en ese tiempo. Los miembros del Sanedrín eran 71; los del Consejo en la comunidad de monjes de Qumrán, de 15 o 16; en la sinagoga eran necesarios 10 miembros adultos para el culto. Parece claro que el número doce señala indica que Jesús no quiere restaurar el reino de Israel (Hechos 1,6) sobre la base de la tierra, el culto y el pueblo, sino instaurar el Reino de Dios sobre la tierra, la causa a la que dedicó toda su vida. A ello apunta también el hecho de que, antes de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, Matías ocupe el lugar que Judas Iscariote y complete así el número de los doce (Hechos 1,26). Excepto el apóstol Juan es probable que todos hayan sufrido la corona del Martirio, demostrando de ese modo que, como aifma. El reducido número de doce habría de multiplicarse por miles, demostrando con su sangre la verdad de lo anunciado por el Maestro sobre el grano de trigo (Jn 12, 24), y reiterado más tarde por Tertuliano (197 d.C.), “la sangre de los mártires es semilla de los cristianos” (sanguis martyrum, semen christianorum). 3 4 Pedro Simón Pedro, hijo de Jonás, era un pescador que vivió en Betsaida y Cafarnaúm. Evangelizó entre los judíos y se cree que llegó tan lejos como a Babilonia. Formó parte del “Círculo Interno” de los discípulos y escribió las dos epístolas del Nuevo Testamento que llevan su nombre. La tradición dice que fue crucificado en Roma con la cabeza hacia abajo. En cada lista apostólica, el nombre Pedro es mencionado en primer lugar. Su nombre fue Simón (Marcos 1,16; Juan 1,40-41). Su nombre hebreo fue Cefas (1 Corintios 1, 12; 3, 22; 9,5 y Gálatas 2,9). El significado griego de Simón es roca. El significado árabe de Cefas es roca. Por su actividad comercial, Pedro fue un pescador. Fue un hombre casado (1 Corintios 9,5). Es probable que haya establecido su centro de acción en Cafarnaúm. Pedro era galileo como lo fueron varios de los otros discípulos. Josefo describió a los galileos de esta manera: “Eran siempre aficionados a la innovación y por naturaleza dispuestos al cambio y deleitados en sedición. Estaban siempre listos para seguir al líder y para comenzar una insurrección. Eran rápidos en soltar el genio y dados a la pelea y eran hombres muy caballeros.” El Talmud dice esto de los galileos: “Eran más ansiosos por el honor que por ganar, de genio fuerte, impulsivos, emocionales, despertados fácilmente por la idea de una aventura, leal hasta el fin.” Pedro fue un galileo típico. Entre los doce, él fue el líder. Sobresale como el vocero de los apóstoles. Él es el que preguntó a Jesús por el significado de la parábola, lo que quiso decir, cuando les enseñó que lo que contamina al hombre no es lo que entra en la boca, sino lo que sale de la boca (Mateo 15,15). Es él quien preguntó cuántas veces debemos perdonar. Es él 4 5 quien indagó acerca de la recompensa para todos aquellos que siguen a Jesús. Es él el que primero confesó a Jesús y lo declaró como el Hijo del Dios Viviente. Es él quien estuvo en el monte de la Transfiguración. Es él quien vio a la hija de Jairo resucitar de los muertos. Y todavía, es él quien negó a Cristo ante un criado. Él fue un apóstol y un misionero que dio su vida por su Señor. Es verdad, Pedro cometió muchos errores, pero tuvo siempre la gracia salvadora del corazón amante. No importa cuántas veces se hubo caído y fallado, siempre recuperó su coraje e integridad. Pedro fue martirizado en Roma sobre una cruz. Pidió que lo crucificaran cabeza abajo porque no era digno de morir como su Señor. Su símbolo apostólico es una cruz invertida con llaves cruzadas. ** ¿Qué otro mar puede haber que el mar de Galilea? ¿Qué otra mirada que abra lo obtuso, que no sea esperanza, luz, fuego, paz, sino la suya? 5 6 ¿Quién más podría haber sido galileo, hijo del hombre, hermano y Señor a la vez, rabbí y amigo, camino y vida en verdad? Entre los doce esto parecía bastante claro. No sé si para todos por igual. De Andrés puedo asegurarlo. Es mi hermano de sangre. Trabajamos juntos por años. Crecimos juntos. Hilamos las redes, antes de conocer al rabbi, y también después, cuando las redes eran el Señor mismo hilado con nuestras palabras, dando vida y luz a nuestra memoria, entrelazado con cuanto emprendimos en su nombre, alimento y sustento en los trozos de pan que comíamos juntos, los por él convocados. Lo mismo puedo decir de Natanael, de Felipe, Santiago y Hannah, los hijos de Zebedeo. Su invitación se convertía en impulso que contagiaba a unos y a otros. Jeshua nos hacía hermanos. Entre Santiago y Hannah, mi hermano Andrés y yo nos habíamos asociado para trabajar juntos y compartir los dividendos. Nuestra pequeña sociedad pesquera, de la que yo era el jefe, pasó a ser un ambiente nuevo, libre de todo interés. A nuestras noches sin esperanza, a nuestras barcas vacías y deudas insostenibles, el rabbi nos regaló, como nuevo accionista principal, las riquezas del mar. Ya no vivíamos en sociedad, sino en comunión. ** Sentado en nuestra barca enseñaba a la multitud. ¡Qué modo de salir al paso en cada situación, para llevar a cabo sus propósitos! Era tanta la gente que quería oírlo y verlo… Él no se amedrentaba, porque tenía algo muy importante que comunicar. ¡Y qué libertad la suya para hacerlo! Echo mano de lo nuestro _¡que no era nada! _ para poder llevar a cabo lo suyo, ¡la voluntad del Padre! No era el escriba o el doctor sentado en la cátedra de Moisés. Era el humilde hijo del carpintero, sentado en nuestra raquítica barca a la orilla del lago, a punto de ser estrujado por las multitudes. No estaba rodeado por los grandes personajes de los que nos habla la Escritura, sino de nuestras redes y anzuelos, mástiles y pescados. De lo que se trataba era de saciar el hambre de la palabra de Dios, hambre que ya mataba a la gente. 6 7 A mí me pidió que remara mar adentro, y que ahí lanzara, junto con mis compañeros del gremio, las redes para pescar. “Rabbi - le dije - hemos estado intentándolo toda la noche, sin ningún resultado, pero por ser tú quien lo pide, lo intentaremos! ¡Vaya si nos fue bien, como nunca antes! Fue una cantidad tan enorme de peces que las redes comenzaban a romperse. Les grité a mis compañeros para que vinieran a echar una mano. A decir verdad, por primera vez sentí como si en mi voz resonara otra, más potente, más eficaz. Por primera vez éramos convocados a una colaboración todos al parejo, sin interés de nada. Vinieron sin demora. Entre ellos, Andrés y yo elevamos las redes y las echamos sobre nuestras embarcaciones. Eran tantos los pescados que sentíamos que nuestra barca comenzaba a hundirse. El rabbi nos echaba la mano. En su cercanía sentí que era como si pudiera tocar lo que había de podrido y torcido en mi corazón. Lo que era un sentimiento de alboroto y felicidad, se fue convirtiendo poco a poco en vergüenza y confusión. Nunca antes me había sentido inundado por un sentimiento así. ¡Cuánta miseria, cuánta avidez de cosas inútiles! ¡Sentí una necesidad inmensa de él, cuya autoridad al enseñar era percibida por cualquiera! Él, que todo lo enseñaba con parábolas que pregonaban la llegada del reino. Utilizaba imágenes sencillas para comunicar enseñanzas que alegraban a todo el pueblo, y que a todos nos daban mucho que pensar. En vez de darle un abrazo efusivo, como me sentía inclinado a hacerlo, le dije avergonzado “Apártate de mí, porque soy un pecador”. Todos estábamos espantados. El rabbi nos miró con ternura. “No teman, a partir de este momento lo que pescarán serán hombres, no peces”. Sin entender nada, todos a una guardamos las redes y las acercamos a la playa. Dejamos todo y nos fuimos tras él. Su llamada nos unía en la concordia, en el gozo de comenzar juntos algo distinto y novedoso. Nuestra pequeña sociedad de pescadores tenía ahora un nuevo jefe y una nueva misión. El día en que lo dejamos todo para ir detrás de él nos sentíamos felices. Un impulso incontenible por salir detrás del rabbi se apoderó de nosotros. Fue una liberación en pleno amanecer. Sentimos poder despojarnos de pesos y cadenas, de nosotros mismos. Amábamos 7 8 nuestro trabajo y lo desempeñábamos con esmero y dedicación. Pero la aurora de Dios nos convocó junto al lago, al amanecer. Quien sabíamos que hacía amistad con prostitutas, publicanos y paganos, se había dirigido también a mi hermano Andrés y a mí, y nos llamó por nuestros nombres. Cuando se acabó de formar el grupo, con un total de doce compañeros, supimos que comenzaba algo grande y hermoso. ¡El Reino, que ahora incluía nuestros nombres…! Éramos Doce, como el número de las tribus de Israel. Nos sentimos cada vez más miembros de un grupo y miembros unos de otros. Era como si el pueblo renaciera en cada uno de nosotros y nosotros en él. Las antiguas promesas hechas a nuestros padres recobraban en sus palabras una frescura como si fuesen pronunciadas por boca del Profeta por primera vez. Fue su modo, su amistad, lo que él iba sembrando poco a poco en cada uno de nosotros. Nos fuimos dando cuenta que era necesario ir por pasos. Que el despojo de todos nuestros lastres y ataduras pasaba por muchas renuncias. Que la grandeza y la seriedad de lo que movía a Jeshua y a lo que nos convocaba eran exigentes. Nos desbordaban. No obstante, sentíamos la confianza de poder avanzar, porque íbamos junto a él, hombro con hombro, y él se hacía cargo de nuestros pesares y agobios, animándonos cada día a ir abandonando todas nuestras seguridades. Era necesario hacer a un lado nuestros desasosiegos. Estar con él era estar en paz. La pasión con la que procedía en todo nos contagiaba. Era la pasión por el reino de su Padre. ¡Por nosotros! En ese clima de amistad, día con día, fue creciendo en nosotros el deseo de echarle una mano, y la disponibilidad para hacer lo que él nos dijera. Esa era la clave. En cuanto lo perdíamos de vista, trastabillábamos. Era como si de ese modo restituyéramos todo a nuestro Creador y Señor, de quien recibíamos cuanto necesitábamos cotidianamente. No hacía falta más. Todo cuantos nuestros padres habían vivido como fe en Yahveh: Nuestra roca, nuestro Liberador, Nuestra Vida, Nuestro Salvador, lo sentíamos ahora en la proximidad de un Maestro y de un hermano. En las manos de un amigo y servidor. 8 9 Al hacernos discípulos, nos enseñó a ser hombres; al invitarnos a ser pescadores de hombres, nos enseñó a ser hermanos. A mí me enseñó a ser “Cefas” y a olvidarme de Simón, sin dejar de ser yo mismo. Cambió mi corazón empedernido por uno que latía con el suyo, que aún vibra con su presencia. Y aún hoy lo cambia, y lo amasa… Con el paso del tiempo nos llamó “apóstoles”. Si ser sus discípulos ya era una dicha, lo fue mucho más ser elegidos, enviados en su nombre. En el suyo, no en el nuestro, ni el de nadie más. De él, de sus labios, supimos que el nombre de Dios es verdaderamente santo, y que hemos de pedirle insistentemente que lo haga valer (cf. Lc 11, 2-4). Aprendimos lo que realmente le es grato, porque lo vimos actuar. A todos nos consta. Su andar, sus palabras apuntaban siempre en dirección al Padre y creador, a quien de pronto aprendimos a sentir tan cercano como los campos, los ríos, las rocas, las montañas, todas las bestias. Sus gestos nos indicaron siempre la dirección precisa en que había que buscar y encontrar. Fue a mí a quien fue dado reconocer en él al ungido de Yahveh. Fui yo quien intentó disuadirlo del camino que lo llevaría a la muerte. ¡Fue terrible, a causa de eso, escuchar de sus labios llamarme, “Satanás”! Sin acabar de entender por qué le pedí perdón. Con una mirada indulgente me respondió, simplemente “!Vamos!” Fui yo, también, quien le juré jamás abandonarlo; y fui yo el primero en huir y dejarlo solo tan pronto llegaron los guardias romanos a apresarlo. Por tres veces lo negué. Cuando el gallo cantó por tercera vez me di cuenta que ya lo había negado como si nunca lo hubiese conocido. Con mayor intensidad, sentí su mirada indulgente era como una invitación a reconocerme en mis palabras y a reconciliarme con abba y conmigo mismo. Fue un camino largo y muy doloroso. Mis lágrimas amargas y dulces me abrieron poco a poco el camino a la verdad… Después advertí que reconocer a Jeshua como el Cristo y no estar dispuesto a aceptar su camino de rechazo, vituperio, sufrimiento y muerte en cruz como un blasfemo y un maldito, 9 10 es hacerse vocero e instrumento de Satanás. Equivale a jugar el juego del ganador con poder y gloria; es querer ser servido, reconocido, exultado, no rechazado; no asumiendo el dolor de las víctimas, el rechazo de los despreciados del mundo. Es querer a un Mesías que ignora y no se subordina físicamente, en impotencia, con todos los débiles e indefensos, los perseguidos injustamente por los poderosos. Es dar la espalda a los flagelados; no poner la mejilla a quienes le jalan a uno la barba, quitar el rostro a quienes lo escupen (Isaías 50, 6; Prov 4, 25-27). Por aquí tendría que pasar el camino de mi verdad y de mi vida. Solo de su mirada podría recibir la fuerza para llevarla adelante. ** Santiago, el Mayor Santiago, apodado, al igual que su hermano Hannah, “hijo del trueno” (“Boanerges”) fue hijo de Zebedeo y de Salomé. Santiago fue un pescador que vivió en Betsaida, Cafarnaúm y Jerusalén. Predicó en Jerusalén y Judea y fue decapitado por Herodes, en el año 44 d.C. (Hechos 12,1-2). Fue un miembro del “Círculo Interno”, llamado así porque estaba formado por los que recibieron el privilegio especial de ser llamados a sumarse a la tarea de su Maestro. El Nuevo Testamento nos cuenta muy poco sobre Santiago. Su nombre nunca aparece separado del de su hermano Hannah. Ellos eran un dúo inseparable (Marcos 1,19-20; Mateo 4,21; Lucas 5,1-11). Viviendo a la sombra de Hannah, Santiago fue un hombre sin envidia, de coraje y espíritu de perdón y de una fe extraordinaria. Fue el primero de los doce en convertirse en mártir. Su símbolo es tres caparazones de crustáceo, en señal de su peregrinación por el mar. ** 10 11 Aprendimos que la tierra es santa, verdaderamente. Nosotros, terrenales. Que el mundo, cada arbusto, es una zarza ardiente. Cada ser humano, una braza candente, habitada por la fuerza de su Espíritu, y nosotros, por su vida. La tierra es santa, en ella perduran sus huellas. Por aquí pasó, y por aquí pasa. Va dejando su rastro, en los surcos imperceptibles de la historia, de los rostros, de las voces humanas. Aquí, en la tierra, se entregó a la carne hasta la muerte. Aquí somos testigos, unos, primero y otros después, de que el Verbo realmente se hizo carne. Unos lo tocaron, lo escucharon –su timbre inconfundible– lo vieron y se alegraron. Otros, por el contrario, lo odiaron. Esto es incomprensible, pero así fue, y así es. Su carne “habló” cuando ya no era posible decir nada más; cuando fue transida de angustia de muerte y de pavor de soledad. Jeshua fue clamor inefable que tocó el corazón del Padre; sus estertores fueron, como sus palabras o sus bienaventuranzas fuente de nuestra salud. Su muerte fue entrega de su Espíritu. Su voz fue un grito cuando ya había sido dicho todo, y solo quedaba entregarse así al Padre y a los hombres, como lo hacen quienes mueren en la injusticia y el abandono. Su grito contuvo todas las súplicas desde siempre dirigidas al Altísimo. Con él comenzó el Padre la gesta milagrosa del perdón y de la recapitulación total. Por Él, todo ha de ser en Él. Soy testigo. Es esa mi misión y mi gozo. Rabbi Jeshua, el pez mayor que hizo de nosotros pescadores de hombres capturados por él, se dignó descender a las aguas profundas de nuestro inframundo, aguas de muerte, sin estrellas, y nos dio el aire y el cielo para contemplar a esa luz la verdad de lo que dice y respirar su suave aroma. De lo que él es. El rabbi primero se hizo pez, y se dejó capturar por nosotros para volver a hacerse nuevamente pan de vida. Es su hermano Hannah quien se lo ha sugerido y creo que es así. 11 12 Tras los pasos del rabbi Jeshua dejamos atrás la rutina y la comodidad. Él tomó sobre sí, como una túnica o un manto, la noche del mar. En su pasión, cuando todos, exceptuando a Hannah, lo abandonamos, dejamos que padeciera hasta lo más profundo. Pescador de hombres solo puede ser quien, como él y por su fuerza, se entrega a sí mismo. Esa es su barca, una cruz. Ese es el mar sin orillas, el mundo redimido, su cuerpo hecho vida. Comunión para el mundo de los peces. Y a nosotros nos llamó para darnos, a echarnos al agua; agua de los ríos, al mar, cual lo hiciera él, nuestro gran pescado y pez, nuestro Maestro. ¡Pescador de alta mar, Señor de los mares! ¡Sacia nuestra hambre y nuestra sed de pescar contigo, y de compartir de nuevo un buen desayuno! ¡Colócanos ya en tu braza, danos tu sal y tu sabor! ¡Que nunca cantemos la victoria como cosa nuestra! Los peces más pequeños suelen ir juntos, mientras que los más grandes tienden a ir cada cual por su cuenta… ¡Señor de todos los cardúmenes, rabbi amigo: reúnenos en tu misma sustancia, luz de todas las estrellas, brisa suave de todos los vientos, fuego ardiente de todas las tormentas; has de nosotros chispas vivas de tu ser! 3 Hannah Juan Boanerges, hijo de Zebedeo y Salomé, hermano de Santiago, el apóstol. Fue conocido como el discípulo amado. Un pescador que vivió en Betsaida, Cafarnaúm y Jerusalén, y fue miembro del Círculo Interno. Se le atribuye la redacción del cuarto Evangelio, de las Epístolas y del Apocalipsis. Predicó entre las iglesias de Asia Menor. Desterrado en la Isla de Patmos, fue más tarde liberado y murió de muerte natural. Hannah fue uno de los apóstoles prominentes. 12 13 Hannah fue un hombre de acción; era muy ambicioso; y un hombre con un temperamento explosivo y un corazón intolerante. Su segundo nombre fue Boanerges, que significa “Hijo del Trueno” (Marcos 3,17). Él y su hermano. Su padre contrataba sirvientes en su negocio pesquero (Marcos 1,20) y Hannah pudo haberse sentido por sobre el resto. Estuvo muy cerca de Pedro. Actuaron juntos en el ministerio. Pedro, sin embargo, era siempre el vocero del grupo. Hannah maduró con el tiempo. En la etapa posterior de su vida, se había olvidado de todo, incluso de su ambición y temperamento explosivo, excepto de su compromiso de amor para con el Señor. Según una leyenda sobrevivió al intento de envenenamiento. De ahí que se le represente sosteniendo un cáliz con una serpiente. Su símbolo es un águila, por la altura que alcanza su mirada teológica sobre el misterio de Cristo. ** Su pan. Su cuerpo. Su sangre. En él estaba la vida. En medio de espesas tinieblas, de desconcertantes claroscuros, de brillos engañosos, lo único claro era él que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Juan 1, 9-18). La luz de mi vida, Desde aquella tarde en que a nuestra pregunta “¿rabbi, donde habitas?, nos respondió a Santiago y a mí con una invitación: “¡Vengan y vean!” Y fuimos. Y vimos. Comenzamos a ver, poco a poco, lo que solo él ha sido capaz de comunicar. Somos hijos de su Padre. Él es el enviado. Somos sus hermanos. Y nos supimos vistos como desde siempre. Amados, acogidos. Llamados a estar con él sin motivo alguno. El único espejo en el que vale la pena mirarse es Cristo. Y en Él, el Padre, quien nos revela y guarda su verdad y la nuestra. Solo la encarnación de la Vida, del Verbo de Dios nos enseña a quién son debidos todo honor y gloria, amando al mundo como él. A eso nos ha invitado Él. Él es la medida y su medida es el Padre. En eso está la alegría verdadera. La plena alegría. 13 14 Nosotros fuimos iluminados, en el día a día, en los trabajos compartidos, en medio de los sudores bajo el sol, de un lugar a otro, por la luz que él irradiaba. Más brillante que la del sol o la de la luna llena. Más discreta que la de la luna nueva. Su luz no era solo para nosotros. Él vino a los suyos y los suyos no lo recibieron (Jn 1, 11). Su rechazo fue una falta grave a la hospitalidad de que tanto nos ufanamos los galileos. También en nosotros, sus discípulos, sigue habiendo espesas zonas de tiniebla que él va penetrando, conforme aprendemos de él la hospitalidad que él aprendió de los hogares de los pobres y los pecadores que supieron acogerlo; de los villorrios en los que fue bien recibido; en las casas de las que no se sacudió el polvo y quedaron, no obstante, impregnadas para siempre del buen olor de su “Shalom” y su presencia. Y así a nosotros. “Shalom”, la paz sea con ustedes. Todo él es hospitalidad. Todo él, camino y puerta. El, Hijo peregrino entre nosotros, como un pastor. Caminando junto a sus ovejas, quitando una a una las piedras del camino. Su paz nos inunda, nos unifica, nos une, así como su carne día a día nos alimenta (Juan 6, 55). ¡Y su sangre…pues con ella nos embriagamos! Jeshua nos enseñó a reconciliarnos unos con otros. Nos hizo saber gustar, ahí donde reina la discordia y la división, que la comunión es real cuando acogemos su saludo amable, su presencia, que alegra el corazón del que cumple su palabra. Poder amarnos, entre hombres y mujeres, con un amor que supera hambres, desilusiones y huecos. Jeshua nos amó a todos y a cada uno como solo puede hacerlo un esposo con su esposa amada, el novio a la novia, el más grande amigo al amigo. Aprendimos así que somos su pueblo amado, y que él es el novio, como lo fue Yahvé con nuestros padres. El rabbi nos enseñó a mirar a la mujer de otra manera. A verla con otros ojos. A acoger su cariño, su prudencia, su insustituible testimonio, su desbordante modo de amar, soportar, agradecer, como nos lo demostró María de Magdala, y junto con ella, tantas otras discípulas. De los dolores de panto de una de ellas Jeshua sacó una lección que iluminó el trance decisivo 14 15 que él habría de pasar llegada su hora. Su tristeza era el umbral de la alegría que desbordaría sobre nosotros. Antes era preciso padecer… Del viejo Nicodemo, que acabó por hacerse uno de los nuestros, Jeshua nos hiso entender que nunca es tarde para volver a nacer; que el Espíritu se mueve donde quiere (Jn 3,8) y hemos de estar atentos a su movimiento impredecible, a su brisa y su susurro. Lo importante no es que en nosotros haya sed, sino que él sea el agua viva (Juan 7, 37-39). Lo importante no es que en nosotros haya sequedad, sino que él nos conduzca hacia fuentes frescas y tranquilas (Juan 7, 38). Lo importante es que, permaneciendo bien unidos a él, daremos el fruto que él desea, ser más y más vida para todos los hombres. Ser la luz, como solo él puede serlo. Porque es la luz de su Padre. Y sabemos que solo Dios es luz y en él no hay tinieblas (1 Juan 1,5-7). Jeshua, nuestro hermano de carne y de sangre. Lo vimos, lo tocamos (1 Juan 1, 1). Él es la palabra del Padre y nosotros la de Él. No esperamos ya a nadie más. Nos ha dado una gracia más grande en lugar de otra, dada ya por Moisés como ley de vida. Nos ha dado la vida en lugar de la ley. Nos ha dado su presencia junto con sus promesas. Nos ha dado su vida, que encierra en sí todas las cosas. Nos ha entregado su espíritu, para que seamos lo que él es en el mundo. Nos ha dado a su madre para no vivir en orfandad jamás (Jn 19, 26-28). Vivimos de esta herencia inconcebible. Tenemos motivos para celebrar y no poder parar de agradecer, ni de servir. Es esa nuestra misión y nuestro gozo. Y sabemos que ya nadie nos lo podrá arrebatar (Jn 16, 22). En prenda tenemos su carne y su sangre. Lo tenemos a él, el rey de los judíos y de todos los hombres que, sirviéndolos, los convoca a la unidad. Nuestro Dios hecho carne, acampando en nuestras tiendas, en él vemos al Padre (Jn 14, 9). No sabíamos cómo adorar al Señor, nuestro Dios, «en espíritu y en verdad» (Cf. Jn ). Nos postrábamos, invocábamos su Nombre, leíamos las Escrituras y nos esforzábamos en cumplir su Palabra. Todo eso era insuficiente. Lo que Jeshua nos enseño es que lo miremos traspasado, colgado de la cruz, y que a través de su costado descubramos el corazón 15 16 atravesado del Padre, y su don, el Espíritu, que ha comenzado a hacer de nosotros hombres nuevos (Jn 19, 37). De ahí nacemos a la verdad. Reproducir su caridad para con nosotros nos convierte en adoradores, siervos, amigos. Él nos toma a bien los pequeños gestos del corazón. Lo único que espera de nosotros es que, viendo al Padre en él, lo sigamos con el corazón decidido y alegre, suelto de toda otra cosa. Nuestro seguimiento sea un preludio, nuestro modo de adorar al Padre, de dejarnos atraer por Él (Jn 6, 44). En nuestra obediencia él es la santificación de su Nombre, la realización de su voluntad en la tierra como en el cielo; él se convierte en carne y sangre, pan cotidiano de los pobres, el perdón de toda ofensa, la liberación total de todo mal. ** Una oración de Hannah En mi cansancio, mi insuficiencia y mi pobreza, enséñame a adorarte, siguiéndote, sirviéndote, Señor Jesús. Ayúdame a vencer el temor de que me sometas a una prueba semejante a la de Pedro… ¡Que sepa agradecerte que así sea! Que tanto a él como a mí nos quieras llevar a tocar la verdad del corazón, de la lealtad, hasta el fondo de nuestra miseria, hasta la hondura de tu misericordia y de tu perdón (Juan 21,15). Me da miedo y, al mismo tiempo te agradezco que me pidas, como a Pedro, apacentar a tus ovejas. Yo soy una entre ellas. Ellas tienen nombre propio, tal como a Pedro y a mí, nos diste uno nuevo, y están junto a nosotros, sin pastor. Ellas, entretenidas en el gozo del ahora, tienen gran necesidad de nosotros. Son nuestras hermanas y hermanos. No han visto el abismo sin fondo de pecado del que nos has rescatado. No se han percatado de la magnitud de la reconciliación que, en tu cruz, nos has alcanzado, ni tienen la menor idea del precio 16 17 con que has pagado nuestro rescate. Nos corresponde la hermosa misión de anunciarles las cosas de tu Padre, de donde has venido y a dónde has vuelto. Siento temor, Jeshua, pero te doy gracias por el momento en que le dijiste a Pedro que se acabó el tiempo en el que podía decidir por sí mismo a dónde ir y a qué hora. También yo he de dejarme ceñir por quienes no me comprenden y me rechazan. Gracias, Jeshua, porque nos has hecho saber que podremos encontrar la alegría de glorificar el Nombre de Abbá cayendo en tierra, como el grano de trigo; como tú, que al morir nos has entregado en el agua y en la sangre emanados de tu costado tu vida en el Espíritu. Andrés Andrés era el hermano de Pedro, e hijo de Jonás. Vivió en Betsaida y Cafarnaúm y era pescador antes de que Jesús lo llamara. Originalmente fue un discípulo de Juan el Bautista (Marcos 1,16-18). Andrés trajo a su hermano Pedro a Jesús (Juan 1, 40). Él es el primero en tener el título de Misionero en casa y en el extranjero. Rusia, Escocia y Grecia lo reclaman como santo patrono. Algunos estudiosos afirman que predicó en Siria, Grecia y Asia Menor. Andrés trajo a otros a Jesús. Se presenta como una figura discreta, un hombre optimista, contento con su principal propósito en la vida, traer a otros al Maestro. 17 18 De acuerdo con la tradición, Andrés murió como mártir en Acaya, Grecia, en el pueblo de Patra. Cuando la esposa del Gobernador Aepeas fue sanada y convertida a la fe cristiana, y poco después de que el hermano del Gobernador se volviera cristiano, Aepeas se enojó mucho. Él arrestó a Andrés y lo condenó a morir en la cruz. Andrés, sintiéndose indigno de morir de la misma forma que su Maestro, suplicó que la suya sea diferente. Fue crucificado en una cruz con forma de X, “la cruz de San Andrés”, uno de sus símbolos apostólicos. También se usa un símbolo de dos peces cruzados para referirse a él, ya originalmente fue pescador. ** Compartimos su misión. Al principio estábamos muy lejos de entender el enorme privilegio que eso suponía. Pero nos sentíamos llenos de un sentido de dignidad que nunca antes habíamos conocido al ser enviados por el rabbi a llevar la buena noticia por toda Galilea. A nosotros, pobres pescadores, nos era confiada la gran tarea de anunciar que Dios ya estaba reinando entre nosotros. ¡Lo sentíamos tan cerca…! Ni mi propio hermano Simón logró entenderlo, sino hasta que el mismo Rabbi se volvió a hacer presente entre nosotros como El Viviente. Judas, el Iscariote, nunca supo cómo ubicarse frente a esta grandeza… Era extraño. En las villas donde habíamos anunciado la buena nueva, la gente pasaba como acompasada por un ritmo que a todos concertaba. Él nos enseñó a ver que esas gentes, tan desarrapadas, tan sin ton ni son como nosotros, eran portadores de una llama que tenía que ser atizada. Y juntos formaban una fogata de la que no parecían percatarse. Cada uno era una canción. Cada uno con su tonada, sin que eso sonara mal. Todo lo contrario. Eran, juntos, un canto nuevo, una sinfonía imprevista. Un todo de alabanza. Y a eso nosotros nos sumábamos contentos Cefas y yo. Y así también los demás compañeros. 18 19 Solo de Judas, el Iscariote, no lo sabré jamás. El misterio de su traición, además de dolerme hasta el alma, toca un fondo doloroso de mi propia debilidad. ¿Acaso fue la pérdida del espíritu de niño el momento en que comenzó a fraguarse en él la traición…? Después de que Jeshua nos confortó con su presencia, y nos unió con él para siempre, el fin más grande que llegamos a concebir fue encontrar al Señor en medio de los tormentos de su padecer; tormento del que todos huimos, y que sabemos que continúa en su cuerpo extendido, que lo formamos todos. Fue para nosotros un despertar, porque podíamos sentir que, también en el momento presente, nos era dado el entrar en comunión con él, ahora exaltado junto al Padre, cabeza del cuerpo de la humanidad. En los lugares de trabajo de los poblados que visitábamos la dedicación era total. Cada cual a lo suyo. Y cada cual, en el todo de una luz que era coral, chispas radiantes, como las luciérnagas cuando anochece junto al lago, en un silencio luminoso. Cada cual, peregrino de su camino, y todos juntos, peregrinos de un camino único, el trazado por sus huellas. Y allí, el llegar del peregrino lo ponía todo en suspenso. La gente comenzaba a acercársele. Lo escuchaban. A nosotros nos ofrecían de lo que tenían, agua, pan, unos dátiles, para calmar nuestra hambre y nuestra sed. En algunos sitios fuimos rechazados. En otros, todo culminaba en una cena, en un clima espontáneo de fiesta. Era como si el novio, esperado por mucho tiempo, por fin llegara a la boda. ¿Cómo íbamos a ayunar? Nosotros sentíamos, con mucho orgullo, ser sus amigos (Mc 2, 19). Después de subir al cielo, al retomar la misión en su Nombre, algunos volvimos a los mismos lugares, otros, se dispersaron a países lejanos. Poco a poco las gentes comenzaron a creer, por experiencia propia, que, en verdad, Jeshua es el Viviente junto al Padre, y que ya había comenzado a hacer nuevas todas las cosas, comenzando por nuestras relaciones con cercanos y distantes. Porque cada mañana, todo cuanto había sido familiar y, aparentemente, de sobra conocido, se convertía en novedad, en realidad vibrante, nuevos tonos de luz, de música, llenos de esperanza y esplendor, haciéndonos sentir la realidad del Reino. 19 20 Hermanos de todas las razas, de pieles oscuras como calcinadas, y de otras creencias, cantábamos juntos. Eran melodías de inefable belleza. Él nos hizo saber que esas voces que escuchábamos, tan distintas, tan incomprensibles en sus lenguas, tan diversas en sus timbres y modulaciones, forman una sola; nos hizo entender que esas voces y esos cantos eran también los nuestros. Esas voces cantaban en nosotros. De Jeshua aprendimos que Dios ocupa todo el espacio; que Él quiere estar en la tierra como en el cielo. Por Jeshua cielo y tierra ya están unidos. Y por eso, todo lo que amamos lo reconocemos obra de sus manos, puesto a nuestra disposición para que seamos felices juntos, aprovechándolo para bien de todos. Lo que somos y hacemos es un modo de unirnos con abbá y de agradecer que Él sea la fuente de todo bien. Todo está bañado en el misterio del amor. La obra de Dios es ahondar en él hasta descubrir que su fondo es nuestra propia carne, en Jeshua. Su designio tiene por garantía el sí que el Rabbí ha dado por nuestra causa, sellado por su sangre. La garantía es abbá, en cuyas manos se ha puesto hasta el último instante de su vida. Lo que somos, lo que hacemos, tiene su única fuente en la fuerza de su Espíritu. Hecho pequeño, vulnerable, mortal. Así se ha dignado salvarnos el Dios de Nuestros Padres. Lo hemos rechazado ¡Somos capaces de convertirnos en viñadores homicidas! Y a pesar de todo él nos ha perdonado. Llevamos su imagen en todo nuestro ser, como impronta suya, como el lleva en sus llagas las marcas de nuestra indecible maldad, que él ha convertido en bendición. Junto con mis hermanos, como unos pastores impuros que no entienden nada, ni saben rezar, ni mucho menos adorar, he decidido vivir para servir a nuestro Salvador. Colaborar con él, como lo hicieron Josep y Miriam, desde que nació de ella, en nuestra tierra, reiniciando cada día nuestro alegre y titubeante Sí a su presencia discreta, en la espera de su venida definitiva. Concédenos, Jeshua, vivir estas cosas en verdad. Sé tú siempre la ruta de nuestro itinerario misionero. Que sea nuestra alegría el sabernos siervos 20 21 inútiles, capaces de ser alabanza y de amar como tú. ¡Quédate con nosotros, Señor! Felipe La tradición dice que Felipe predicó en Frigia y murió como mártir en Hierápolis. Felipe vino de Betsaida (Juan 1,44). Como Andrés y Pedro también él fue un pescador. Aunque los primeros tres Evangelios lo mencionan (Mateo 10,3; Marcos 3,18; Lucas 6,14; Hechos 1,13), Felipe se vuelve una personalidad viviente es en el Evangelio de Juan. Los estudiosos no están de acuerdo sobre Felipe. En Hechos 6,5 aparece como uno de los siete diáconos ordenados, si bien podría tratarse de un homónimo. Si se trata del Apóstol, su personalidad tomó más vida, porque tuvo una exitosa campaña en Samaria. El dirigió al eunuco etíope a Cristo (Hechos 8,26). También se quedó con Pablo en Cesarea (Hechos 21,8) y fue una de las figuras importantes en la misión de la iglesia primitiva. El Evangelio de Juan muestra a Felipe como uno de los primeros a quienes Jesús les dirigió la palabra “Sígueme”. Cuando Felipe conoció lo – o se supo conocido por él, inmediatamente fue en busca de Natanael para comunicarle que habían encontrado, “al Mesías, de quien Moisés... y los profetas, escribieron.” Natanael era desconfiado, pero Felipe no argumentó; simplemente le contestó: “Ven y ve.” Felipe muestra haber tenido una fe simple y sólida en Jesús, así como un instinto misionero. Su actitud inicial hacia Natanael es un ejemplo de cómo ha de ser el acercamiento al que desconfía. 21 22 Felipe fue un hombre de corazón ardiente y una cabeza pesimista, dispuesto y generoso a servir a los necesitados. Este simple galileo dio todo lo que tenía. Se dice que murió colgado y que mientras estaba muriendo, pidió que su cuerpo fuese envuelto no en lino, sino en papiro, porque no era digno de se le tratara como el cuerpo de Jesús. El símbolo de Felipe es una canasta, por su participación en la alimentación de los cinco mil. Es él quien marcó la cruz como un signo de cristiandad y victoria. ** Nos sentimos vinculados a él desde el primer momento. O, mejor dicho, fuimos arrastrados a él, injertados en una realidad que tenía una hondura mayor que la del mar, una frescura incomparable, un rebosar de vitalidad y de fuerza mayor que la del torrente del río Jordán. La fuerza de esa primera llamada; la incomprensible cercanía que sentimos aquel amanecer tan solo doce de entre los mismos que ya lo seguíamos por aquellos días; sobre todo, al menos para mí el sin porqué de su elección y el modo directo y seguro como la llevó a cabo hizo de nosotros, como en un parpadeo, hombres nuevos. Al menos así los experimentamos en ese momento. El paso del tiempo se encargaría de mostrar la fragilidad de nuestras pequeñas vasijas, al punto de prevaricar por completo en el momento en que él fue tomado preso, juzgado y muerto y nosotros sometidos a la prueba decisiva de la lealtad, la amistad y el valor. Lo cierto es que aquella mañana tocó la fibra decisiva de mi corazón inquieto. Me sentí portador de una misión mayor que yo mismo. No propia decir a qué equivale su grandeza. Era algo así como el renacer del pueblo; algo así como sentirme un Eliseo junto a un Elías; un hijo legítimo de Jacob, con un encargo grande y trascendente. El llamado fue también una misión; la encomienda de un nuevo modo de relacionarme con mis hermanos, amigos y compañeros; a aprender a ver a la gente con otros ojos, a modificar mis deseos, unificarlos en la dirección de su proyecto y a dejar que se ensanchara cada vez más el corazón. En mi corazón nacía una compasión cada vez más grande y sincera por los huérfanos y por las viudas; me sentía más cercano de los enfermos y los endemoniados; sentía más el dolor de los marginados y la rabia de los que tenían hambre y sed de justicia. Todo 22 23 estaba todavía mezclado con otros afectos, que en compañía de Jeshua, poco a poco, se iban purificando… Fuimos injertados en alguien. Juan, dado a sus comparaciones simples, nos decía que lo que estábamos viviendo era lo que viven las uvas en la vid. En verdad, por nuestras venas circulaba una sangre nueva. No podíamos no ir detrás de él. No podíamos no querer ser como él, sentir y pensar como él. Su vida nos era del todo familiar. Comía con nosotros, andábamos los mismos caminos, dormíamos en los mismos sitios en que nos sorprendía la noche. Tomaba los alimentos, siempre después de bendecirlos y compartirlos con nosotros y con los pobres, los hambrientos. También nosotros lo hacíamos, pero en él todo era un acto de gratitud que se prolongaba en el masticar, en el conversar, aun cuando el bocado estuviese todavía en su boca. Sabíamos que la puerta de entrada para conocerlo era su nombre. El que conocía el nuestro desde antes de llamarnos a seguirlo. Poco a poco, fuimos advirtiendo que podíamos dirigirnos a él como a uno de los nuestros, hablarle “de tú”. Fue como cruzar un umbral al que temíamos acercarnos. Sin darnos cuenta estábamos “dentro”, y nos adentrábamos en él. Juan fue quien, más tarde, después de mucho meditarlo, reconoció que en realidad era al revés. Él era quien estaba en nosotros, conforme acogíamos su amistad. “Si alguien me ama, guardará mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos en él morada” (Juan 14,23). Era esa la razón de ser de nuestro querer estar con él. Tu Nombre, Oh Dios, es Padre, el que nos excede en justicia y santidad. El nombre de tu Hijo, el Bendito, por quien todo lo has creado y quien todo lo habita en la fuerza de tu Espíritu, es vida verdadera. Presencia silenciosa. 23 24 Sabiduría inabarcable. Gracia portentosa. Unción de los enfermos. Jeshua. Hermano Dios. Cada hombre es una obertura que apunta hacia Ti. Cada ser, un bienaventurado que necesita saber que lo es. Tú, sirviéndonos. Esperando nuestra solicitud y colaboración. ¿Por qué el mundo te rechaza, si eres su hacedor, su bienhechor, su razón de ser? Bartolomé 24 25 Bartolomé Natanael, hijo de Talmai, vivió en Caná de Galilea. La tradición dice que fue misionero en Armenia. Un número de estudiosos cree que fue el único discípulo que provino de sangre real, o de una familia noble. Su nombre significa Hijo de Tolmay o Talmay (2 Samuel 3,3). Talmay fue rey de Gesur cuya hija, Maaká, fue esposa de David, madre de Absalón (1 Reyes 15, 2 . 10) El nombre de Bartolomé aparece en cada lista de los discípulos (Mateo 10,3; Marcos 3,18; Lucas 6,14; Hechos 1,13). Este no era el primer nombre, no obstante, fue su segundo nombre. Su primer nombre probablemente era Natanael, a quién Jesús llamó “un verdadero Israelita, en quien no hay engaño.” (Juan 1,47). El Nuevo Testamento nos da muy poca información sobre él. La tradición indica que fue un gran investigador de la Escritura y un estudioso de la ley y los profetas. Se transformó en un hombre de rendición completa al Carpintero de Nazaret, y uno de los misioneros más aventureros de la Iglesia. Se dice de él que predicó con Felipe en Frigia y Hierápolis; también en Armenia. La Iglesia de Armenia lo reclama como su fundador y mártir. Sin embargo, la tradición dice que él predicó en India, y su muerte parece haber tenido lugar ahí. Murió como un mártir por su Señor. Fue despellejado vivo con cuchillos. Su símbolo apostólico es tres cuchillos paralelos. ** Desde pequeño busqué al Dios que me da la vida. Pronto supe que en la Palabra, en la Torá están sus mandamientos y preceptos. En los cinco libros se narran las grandes cosas que el 25 26 Señor ha hecho por nosotros desde la fundación del mundo. Los profetas han hablado a nuestros padres, y también yo me sentí interpelado por Amós, por José, por Elías, por Jeremías. La vibración que dejaban sus palabras en mí podía permanecer durante horas, días, hasta hoy… Todo él estaba en cada una de ellas. El Eterno se hacía como presente, y yo ya no podía distinguir el antes del después… tan embebido me quedaba en ese manantial refrescante, saludable, cumplimiento de todos mis deseos. Todos se unificaban en un venero inagotable, que acrecentaba mi sed cada día más. Y de pronto, ese mar frente a mis propios ojos, de carne y hueso él, sonriendo. Felipe y Andrés fueron los que me hablaron del Rabbi de Nazaret. Ellos habían encontrado, dijeron, al Mesías esperado, de quien hablan las Escrituras. ¡Qué sensación más grande de hallazgo! Yo no lo podía creer. Reconozco que he dejado que las dudas, tanto como mis propias claridades, se convirtieran en la medida de lo que tenía por verdadero. Confieso que, por una torpe suficiencia, me dejé ofuscar por mis propios pensamientos; que llegué al borde de perder el santo temor que debemos a Yahveh cuando confiamos más en nosotros que en Él, siempre inabarcable, siempre rompiendo los ídolos de nuestras mentes y deseos. El hallazgo de la verdad aconteció en un ambiente de amistad. Así lo aprendí desde ese momento. No puede ser de otra manea. “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”. Ellos no usaron argumentos. La invitación a ver fue lo decisivo. A ver… en realidad, a descubrirme visto como solo me había sentido visto, desde que era pequeño, por mi madre. Fui mirado por Jeshua con una mirada como jamás no hubiese imaginado que pudiera tener un hombre. Cuando me envolvió esa mirada, sentí vergüenza… una mezcla de sentimientos: vergüenza, acogida, ternura, amistad, confianza. Yo, que me sentía tan recto, fiel, siempre veraz, siempre a la guarda de mi corazón, fui descubierto, con amor, en mi poquedad, para poder avanzar… con él como maestro y compañero. 26 27 «¡He aquí a un verdadero israelita, en quien no hay doblez!» (Juan 1, 47). Había sentido, por primera vez, que alguien tocaba mi verdad. En el rabbi no había malicia; apenas una ligera ironía llena de ternura. Su trato con todos era tan amistosos como solo podía serlo alguien venido de Dios, del mismo Yahveh que trabó amistad con Moisés y hablaba con él, como lo hace un amigo con su amigo. Me sentí a la vez desnudo y revestido, esta vez, con algo que me levantaba del polvo, que me ponía a una altura que nada tenía que ver con la altivez. Era la nueva dignidad que a todos nos iba haciendo descubrir. Me cambiaba por dentro. Y poco a poco, me fue sanando de tantos dolores de dentro; fue enderezando lo torcido y fue abriendo mis ojos para ver en los otros hermanos, amigos entusiastas, arcilla que él iba modelando. Las paredes duras en el corazón, él las suaviza; los malos deseos inconfesados, él los pone al descubierto, y los enderezaba. Jeshua me hizo sentir que lo recto es verlo de frente, a él y en descubrir en sus ojos los rostros de mis hermanos. De todos. Sobre todo de los más sufrientes, los más excluídos; los más insignificantes para este mundo. También de los pecadores, de los incrédulos, de los satisfechos. Todos eramos huéspedes del banquete del reino. Al pecador le bastaba el deseo de volver a Yahveh y ponerse en marcha. La misericordia era para todos. «¡El sol hace salir sobre buenos y malos!» nos repetía Jeshua (Mateo 5,45). Nada de nuestra arcilla, nada de la creación, nada de cuanto los hombres somos capaces de hacer, en la rectitud y en la justicia, o en el pecado y la falta de lealtad queda sin ser iluminado, tocado, convertido en incienso. Basta el fuego de su cercanía. Basta el corazón contrito y humillado, que él jamás desprecia (Salmo 51, 19). A mi escasa rectitud le hacía falta la lucidez que solo podía emanar de sus ojos. Me di cuenta de que el deseo de santidad y justicia nada tiene que ver con lo perfecto a nuestros propios 27 28 ojos, sino como lo que es conforme a Dios, a su voluntad, a su deseo de Padre de amor entrañable por cada uno de nosotros. Lo honesto, lo que demanda las diez Palabras escritas en el corazón de carne es, ante todo, acoger nuestro propio ser y el de los hermanos, agradecer los dones infinitos que a diario recibimos, repudiar la maldad y la injusticia. Santidad es dejar que Dios reine en nosotros y entre nosotros. Es dejarse mirar por el Maestro, y agradecer siempre, con obras, con frutos que él se encarga de hacer crecer y multiplicar. Jeshua me hizo saber que todos mis vacíos son la cavidad que solo él puede llenar. Él se encarga de cambiar lo que de nuestra parte son primeros pasos de acatamiento, de doblar la dura cerviz ante su Ley de amor recíproco, gratuito, sin condiciones. Basta creerle de veras. Basta aceptar agradecidos su propuesta de amistad. Basta confiarse del todo en él y en el Padre, el Padre nuestro; basta intentar responderle con el poco cariño de que somos capaces, que, con su espíritu, él se encarga de hacer crecer... a él, al único que ha sido capaz de hacernos sentir en las entrañas lo verdaderamente importante, lo único decisivo. La única razón de estar en el mundo. Él convirtió nuestras debilidades en cauces de su misericordia, en dones en los que él trabaja para que la gloria sea dada al Padre; cauces de amor y servicio. «Natanael, amigo, te basta mi amistad. Descúbrela en el amor de tus compañeros, hermanos, tus amigos y enemigos. Sígueme». ¿Algo bueno, de Nazaret…? Eso le había preguntado yo a Andrés. ¡Él era la santidad encanada! Un rabbi del que hay que dejarse ver para poder ver. El rostro más amable, que nos hacía sentir que nuestros rostros quedaban como incrustados en el suyo; un Maestro que nos enseñaba con su sola compañía; un Mesías que rompió las distancias entre cielo y tierra; un Hijo del Hombre en quien descubrimos a nuestro hermano mayor y nuestro Salvador tan pronto se aproximó a nosotros, tan solo lo acogemos con un corazón de niño. 28 29 Pasó haciendo el bien, en franca simplicidad, que nos contagiaba. Al verlo aprendimos a amar lo invisible vuelto visible, tangible, terrenal. ¿Cómo decirlo? De Nazaret ha surgido el Hijo de Dios y el Rey de Israel. Ese encuentro me hizo entender por qué Felipe, Andrés y Simón habían quedado tan hondamente afectados de solo recibir de él una pregunta incisiva: ¿Qué buscan? Seguida de una invitación: ¡Vengan y vean! ¡Quédense conmigo! Quedarse con él no era asentarse. Era ponerse en marcha. Él diría hacia dónde, por dónde. Un profeta itinerante vive al día, y así tenía que ser lo nuestro. Nuestro rabbi no tenía donde reposar la cabeza. No obstante, todo sitio le era familiar. Todo hogar podía ser el suyo. Después entendimos que, también era estar dispuesto a correr su suerte. Fue entonces cuando todos huimos… Seguirlo fue reconocer que la sinceridad solo puede anidar en nosotros si damos nuestro asentimiento a que sea Dios quien ponga en nuestro corazón lo que hay que pensar, hacer, desear. Buscar actuar con corazón sincero hace enternecer al Rabbi. A él le basta el primer paso. Él captaba muy bien lo que cada cual podía hacer y entender. Conocía a fondo lo que había en el corazón de cada uno. Estar junto a él era recibir la fuerza, el impulso irresistible del siguiente paso, sin garantía, de nuestra parte, de que las cosas seguirían así hasta el final. La garantía es él, muerto en cruz. Viviente hoy, entre nosotros. Así lo hemos constatado, tras el momento infame en el que lo dejamos solo. Lo abandonamos. Solo a Hannah, le fue dado el favor de abbá de permanecer junto a él. Nuestra defección en la hora de la prueba puso en evidencia que la sinceridad no basta, ni el deseo de justicia, ni el desprendimiento de todas las cosas. Hace falta no dejar que se enturbie ni vacile el corazón por el miedo a pasar por las que pasó el Maestro. Hace falta reconocer, si nos es dado ir detrás de él, es por obra de su Padre, que ejerce una fuerza secreta de atracción que pide de nosotros, en todo momento: asentir con libertad, con liberalidad, sin 29 30 cálculo, sin otra esperanza que la que lo puso todo en marcha: aquella tarde de verano, a la orilla del mar de Tiberíades. Mateo Mateo, o Leví, hijo de Alfeo, vivió en Cafarnaúm. Fue un publicano o cobrador de impuestos. Él escribió el evangelio que lleva su nombre. Murió como mártir en Etiopía. El llamamiento de Mateo al grupo apostólico es mencionado en Marcos 2,14, Mateo 9,9 y Lucas 5,27-28. De estos pasajes aprendemos que Mateo también fue llamado Leví. Era una costumbre común en el Medio Este en la época de Cristo que los hombres tuvieran dos nombres. El nombre de Mateo significa “un regalo de Dios”. El nombre Leví le pudo haber sido dado por Jesús. Es interesante que Santiago el menor, quien fue uno de los doce apóstoles, fue hermano de Mateo, también el hijo de Alfeo. Aunque sabemos poco sobre Mateo personalmente, el hecho sobresaliente sobre él es que fue un recaudador de impuestos. La versión Reina-Valera lo llama publicano, lo que en latín es Publicanus, enfatizando compromiso en el servicio público, un hombre que manejaba dinero público, o un cobrador de impuestos. De todas las naciones en el mundo, los judíos fueron los que más odiaron a los cobradores de impuestos. Para el judío devoto, Dios era el único a quien era correcto pagar tributos e impuestos. Pagarlo a cualquier otra persona era infringir los derechos de Dios. El cobrador de impuestos era odiado no solo sobre el terreno religioso sino también porque la mayoría eran notablemente injustos. En las mentes de varios hombres judíos honestos, estos cobradores de impuestos eran considerados como criminales. En los tiempos del Nuevo Testamento eran clasificados junto con las prostitutas, los gentiles y los pecadores (Mateo 18,17; 21,31, 33; 9,10; Marcos 2,15, 30 31 16; Lucas 5,30). Los cobradores de impuestos han sido conocidos porque determinaban el monto debido en sumas imposibles y a menudo ofrecían dinero en préstamo a los viajeros a tasas de interés muy elevadas. Así era Mateo. Aun así, Jesús eligió un hombre a quien todos los hombres odiaban y lo hizo uno de los suyos. Jesucristo pudo ver el potencial en el cobrador de impuestos de Cafarnaúm. Mateo fue diferente a los otros apóstoles, quienes fueron todos pescadores. Él pudo usar una pluma de escribir, y por su pluma llegó a ser el primer hombre en presentar al mundo, en el idioma hebreo, un relato de las enseñanzas de Jesús. Es claramente imposible estimar la deuda que la cristiandad tiene para con este despreciado cobrador de impuestos. El hombre promedio habría pensado que era imposible reformar a Mateo, pero para Dios todas las cosas son posibles. Mateo llegó a ser el primer hombre que escribió las enseñanzas de Jesús. Fue un misionero del evangelio, que cambió su vida por la fe de su Maestro. El símbolo apostólico de Mateo es tres bolsas de dinero las cuales nos recuerdan que él fue un cobrador de impuestos antes de que Jesús lo llamara. ** Somos pequeños. Poca cosa, pero de gran valor a sus ojos. Anawin. Nuestra pequeñez es nuestra Bienaventuranza. Él nos lo hizo sentir. En mí no había nada bueno en qué fijarse. Pero él fijó en mí su mirada. No sé si vio al publicano, o si vio las cadenas que yo mismo me había ido echando encima. Mi torpe complicidad con los romanos. Mi avidez, que me cegaba a las necesidades de mis hermanos. “Sígueme”. Eso fue el comienzo de mi Éxodo. Ir tras él fue como el primer paso de un marchar y danzar… Todos caminamos bajo la mirada de quien a todos nos iba salvando e instruyendo para sumarnos a su propia misión. Vamos cada uno por su camino, y él nos sale al paso, para que sus caminos sean los nuestros y nos convoca a la comunión. Nuestra ceguera nos pone ante 31 32 encrucijadas hechas de apariencia y terquedad. Su luz abre ojos, oídos, desentume pies y manos, quita encorvamientos. Él ocupa el espacio. Él lo es todo. Y estamos muy contentos. Y por eso nos hemos puesto en marcha ya, de dos en dos, como él nos enseñó, hacia las sendas de paz que su mano va bendiciendo a cada paso que damos, a donde él nos convierte en su modo de estar entre quienes no advierten que su abbá es el Padre de todos, nuestro Alcázar, la Roca que nos salva. He aquí a mi siervo a quien sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él; dictará ley a las naciones. No gritará, no hablará recio, no alzará su voz en las plazas, no romperá la caña cascada ni apagará la mecha humeante… Isaías 42; Mateo 12, 18-21. Jeshua nos hizo comprender que ese era el modo de ser alabanza, gratitud, servicio recíproco. Ya no tendríamos que pretender servir al Señor, Dios nuestro, en el cielo, en unas alturas abarcables, representables según nuestros esquemas y deseos. Sino en la tierra, entre los hombres, entre hermanos de carne, de sangre, sin distinción de raza, de credo, de nada. Nos dio a conocer que Dios es el misericordioso, en el cielo y en la tierra. Dios está… Es. Su santidad está ligada a la santificación de nuestros actos, nuestras vidas, nuestro ser, por su gracia. Dios Padre reina en esta tierra desde el momento en que como niños, con gran sencillez y humildad, le suplicamos que así sea. El Padre es presencia y adviento. Y lo es en Jeshua, su amado Hijo, nuestro Maestro. Su voluntad se cumple, en el momento en que, agradecidos, se lo permitimos. Es eficaz en nuestro cumplimiento. Jeshua sabía que necesitamos del pan, y que de todas las cosas básicas el Padre nuestro se encarga si, en su nombre, por su poder, lo multiplicamos y lo 32 33 compartimos. Basta el de cada día, basta que sea para todos y a todos nutra día con día. Basta que sea el pan que él bendice, parte y reparte como pan de vida… No basta recibirlo, agradecerlo. Es pan nuestro de cada día cuando es compartido con los hambrientos, con los amigos, con los enemigos. Jeshua sabía muy bien de nuestra fragilidad, de nuestra terquedad, de nuestros desórdenes. Nos hizo sentir que el perdón que él, en el nombre de su Padre, daba a amigos y enemigos, era algo que nos pone en deuda de amistad y de hermandad a unos con otros, aquí en la tierra. Es deuda de amistad. Es deber de hijos bien nacidos. Pedir perdón, una y otra vez. Es nuestra verdad la que nos obliga a hacerlo. Es su verdad la que nos da la confianza de obtenerlo. Y así mismo darlo, cuantas veces se ofrezca, a amigos, hermanos y enemigos. Siempre. Jeshua conoció la tentación, el sonido que se insinúa como camino de ruptura de la Alianza; el deseo de ponerse por encima de los demás, el movimiento a la ruptura con el prójimo, como desatino y deslealtad. Nos enseñó que el Padre está dispuesto a darnos siempre la misma fuerza que él conoció en su propia carne, con la que lo asistió para resistir a Satán. Con la que inició la historia jamás imaginada por hombre alguno. La historia de la bienaventuraza para los que tienen corazón de pobre, los afligidos, los sufridos, los misericordiosos, los que por su causa son perseguidos. Historia que hemos de prolongar gustosamente, porque se ha dignado contarnos entre sus destinatarios. Hemos de decir a los cuatro vientos que la iniciativa de misericordia sobre toda pena y sufrimiento ya ha sido asumida y transfigurada por el que nos eligió y nos amó primero. Aquella tarde dejé mi mesa, mis monedas, mis cálculos, mi colección de cadenas. Me levanté. Después vino otro para ocupar mi lugar, otro “publicano” por quien siento pena y simpatía. Me he enterado que se esfuerza por ser recto y justo. De que el pueblo no lo odia como me odiaba a mí. Es uno que hace sentir a los pobres que hay cosas que son del César, y que es preciso dárselas. Son de él, no las que él se arroga, con su prepotencia; no porque él así lo determine, infringiendo la ley de Yahveh. Son de César las cosas de las que se ha de servir el siervo elegido para procurar el bien de las gentes. Son de él, como medios de los 33 34 que se ha de servir quien recibe una misión, una encomienda, es verdad, de suma importancia, pero provisoria. Además, para la que es incapaz. El Reino que llega es Dios con los hombres, instaurando la reconciliación, la justicia, el perdón, la paz. Es Dios de todos, como Jeshua nos lo hizo entender. Es el Señor que se empobrece para enriquecernos. Para establecer la novedad, humanamente inconcebible de Dios misericordioso presente en todo. Su gobierno es el servicio. Su ley es la ternura que acompaña la justicia. Sus preceptos son nuestra vida. El Señor es Uno, y la tierra es el escabel de sus pies. Él lo creó todo con mucho cariño para todos sus hijos. Todo es suyo. Y todo lo hizo para todos los que hemos de vivir y convivir como verdaderos hermanos. He venido a entender que las cosas de Dios, Él nos las da en custodia. En prenda de vida. Para partir y compartir, como lo hizo Jeshua, como lo sigue haciendo. Todo es don de su gracia. Sin estar unidos a él, como nos lo hizo experimentar, nada podemos. Hemos de pedir que venga el reino del Padre. El reino es su obra. Nosotros, sus operarios. Esa es la causa de Jeshua y la nuestra, y habremos de dar cuenta de ello. Y bautizar a toda creatura, hasta el fin del mundo. Él es el Emmanuel. Está con nosotros. Tomás 34 35 Tomás Dídimo vivió en Galilea. La tradición dice que trabajó en Parthia, Persia e India, y que padeció el martirio cerca de Madras, India. Tomás fue su nombre hebreo y Dídimo su nombre griego. En ocasiones se le llaman Judas. Mateo, Marco y Lucas no cuentan nada sobre Tomás, excepto su nombre. Juan lo define más claramente en su Evangelio (Juan 11, 1-16; 14; 1-6; 20, 24-29). Tomás aparece en la resurrección de Lázaro (Juan 11, 1-16), en la última cena de Jeshua, donde quiso saber cómo conocer el camino a dónde su Maestro se dirigía (Juan 14, 5-6). En Juan 20, 24-25 se habla de su incredulidad sobre la resurrección de Jeshua, por esto Tomás llegó a ser conocido como Tomás “el incrédulo”. Su falta de fe fue vencida por la condescendencia de Jeshua, atento al modo de cada discípulo. El Evangelio de Juan ha dejado el testimonio de la profundidad de su conversión y su experiencia de la presencia y la divinidad de Jesús. De él proviene la confesión la más grande de fe: “Señor mío y Dios mío.” Tomás no llegó a creer mediante la duda, sino aceptándola con sinceridad y abriéndose al testimonio de Jesucristo en medio de sus hermanos. Por naturaleza, parece haber sido un hombre desconcertado y caviloso. Aun así, fue un hombre de valor, devoción y fe intensa. Según una leyenda fue encargado para construir un palacio para el rey de la India, y fue muerto con una lanza como mártir de su Señor. Su símbolo es un grupo de lanzas, piedras y flechas. ** Nuestra fe se tenía que derrumbar. Los cimientos puestos por nosotros mismos eran pura arena. Acoger a Jeshua como el enviado pasaba por dejarle a él toda la iniciativa; por abandonar la vanidad de las propias seguridades, de la pretensión de comprender algo por nosotros mismos. “Yo soy la verdad”. La verdad no puede tener ya ninguna fuerza al margen de quien él es, de sus pasos, de su camino hacia la pasión y el del Espíritu, don suyo y del Padre. Fue difícil el camino que nos abrió el corazón y la mente para ver en las cosas. La 35 36 verdad es un camino que solo podemos andar si acogemos y participamos de su vida (Jn 14, 6). La fe en él es nuestra porque podemos confiar en el testimonio de abba, que nos arrastra a ella. Nuestra fe se hace más real cuanto más es él el todo en nuestras vidas. Cuando lo determinante es él. En él podemos amar y soltar cuando el Padre pone en nuestras manos. Nuestro vínculo con Dios no son nuestras creencias; ni siquiera nuestro deseo más profundo. Nuestro vínculo en Él (Jn 15 1, ss). Esto lo hemos ido entendiendo porque él prometió que nos daría su Espíritu y, en efecto, así ha sido (cf. Jn 16, 13-15). Poco a poco nos fue dado entender que solo por él, unidos a él, por su intercesión, podían ser restauradas todas las relaciones entre los hombres. La ruptura ha llegado a ser casi total. De él proviene una gracia sobreabundante. más grande que la dada por Moisés y la Ley (Jn 1, 16). Dios no solo nos dio a su Hijo hecho uno de nosotros. Nos lo entregó totalmente, y en lugar de acogerlo con gratitud, le cerramos el corazón, y él se dejó someter a indecibles sufrimientos. Una riña de parte nuestra, realmente incomprensible. Una cerrazón a lo que más necesitamos. Una necia preferencia por nuestros propios criterios. Elegir más el camino de nuestra propia muerte. Después de la muerte de Jeshua el miedo nos sepultó en vida. Nos encerramos en el cenáculo como huérfanos, como hombres sin fe, como cobardes que no reconocen su falta de lealtad. Solo Miriam, su sola presencia, era una mecha humeante, una luciérnaga en medio de la noche. Conservaba una extraña serenidad. ¿Desde qué dolor nos veía? ¿Cómo se mantenía en la serenidad? Yo me aparté del grupo, me encerré en mi mundo. Luego, ellos cambiaron. Decían que el rabbi se había presentado en medio del cenáculo y les había saludado como solía hacerlo, “Shalom”. Hablaban como si esta ocasión ese Shalom instaurara ya, de una vez y para siempre, lo que desde siglos nuestro pueblo ha vivido esperando. No quise creerlo. Lo que yo quería eran pruebas. 36 37 No acogí el testimonio de mis compañeros… ¡Cuanta dureza! ¡Su testimonio solo podía ser obra del Señor resucitado! Pero yo me empecinaba en buscar mi propio camino, aparte de los demás; en querer establecer los criterios de los que renacería mi esperanza. Querer ver las marcas de los clavos. Meter mi dedo en sus llagas. Mi mano en el pecho atravesado… A pesar de su insistencia; de cuanto habíamos visto y oído una y otra vez, el amor encomendado había quedado muy lejos… ¡Cuánta arrogancia e incredulidad! El Señor me permitió tocar el fondo de mi miseria. Saborear lo que a él más le dolía… El Maestro dejó que pasaran ocho días, para que el discípulo lento y testarudo pudiera asimilar las cosas. Ha dado su paz a los suyos, su consuelo, el Espíritu y ha encomendado la misión. Pero aún hay una oveja perdida. Una que “no pertenece del todo a su redil” y es preciso sanar, herida de dolor, de miedo, de empecinamiento. Yo pretendí determinar el modo en que la nueva vida de Jeshua podría ser creíble. Más increíble me parece el hecho de que él, en su inmensa humildad y amabilidad, haya condescendido… Cuando, una semana después, estando con mis compañeros sentimos su presencia, el saludo del rabbi me invadió en una serenidad que no sería capaz de describir. “Paz a vosotros”. Luego se dirigió directamente a mí. Me tomó de la mano. No osé tocar las llagas del Maestro. Meter mi mano en su costado y mis dedos a tocar sus llagas ¿Cómo podría hacerlo? ¿Cómo podría este pobre pecador tocar su sacratísima humanidad? Era él ¡Todo eso estaba de más! “Señor mío y Dios mío” … salió de mi corazón esta confesión llena de temor, vergüenza y adoración; también de gozo, un increíble gozo. Lo delataban los rasgos de su presencia que tanto me habían sorprendido de él cuando me llamó por primera vez. Humildad amorosa que se deja sentir. El don de la vida como algo que sólo puede tener su origen en lo alto, que se ofrece, no para ver; no para tocar, sino para vivir y compartir… Hoy veo con claridad que lo que nos dispone a su encuentro es la adoración humilde de su ser herido. En él la Verdad se abre camino en nosotros. Al postrarnos con cariño agradecido él nos levanta, nos abraza y sopla sobre nosotros su Espíritu (cf. Jn 20, 26). 37 38 «Haz creído porque has visto…» dice el Señor con suavidad. Con la serenidad del Rey humilde y soberano, con el cariño y la comprensión del Maestro y del amigo. Al dirigirse a mí quedaban abarcadas todas las generaciones de los que llegarían a creer en él. «¡Dichosos los que, sin haber visto, crean!» Es su última bienaventuranza. Es la promesa que se cumple en cada acto de fe, de entrega total. Es la presencia perenne del Maestro entre los suyos. La llave de la unidad entre los hombres; del perdón, de la alegría plena. Del habitar el Padre y el Hijo en los nuevos hijos, y del vivir la gratitud que colma el hambre y la sed en la perfecta comunión del pan y de la sangre que alimentan el hambre y sed de vida por toda la eternidad. En medio de la confusión, del pasmo, el terror y el gozo, solo pude hacer la segunda cosa que Jeshua me pidió: Dejar de lado mi incredulidad. No atender a esa dureza en mí, sino a Jeshua, que siempre está llamando. Creer. Adorar a mi Señor. Dejé que brotara del corazón lo más hondo que había intuido en él. Lo que tanto deseaba poder encontrar, tocar, abrazar, amar. Lo que lo superaba del todo. Todo Jesús es cordialidad. Y hoy sigo pensando que es él quien me movió a la fe. Y que todo está en el modo… Me fui dando cuenta de que la fe no es nunca una posesión tranquila. Sometido a las primeras pruebas, en ocasiones he sentido que todavía hay un incrédulo en mí, que todo es un cuento, una ilusión que, con mala fe y muy a nuestra conveniencia, hacemos nuestra. Nuestra carne es débil. Él lo sabe perfectamente. Por eso nos enseñó que, por hondo que haya sido el encuentro con él, siempre tendremos que pedir que aumente nuestra fe. Pedirla, como pobres publicanos. El Padre nos escucha antes de que la súplica salga de nuestros labios. «¡Trae acá tu mano y no seas incrédulo, sino creyente!». Ahora me doy cuenta de que enfrentaba la opción decisiva de toda mi vida. Podía quedarme con la fe de mi pueblo o, aún más lejos, alejarme hacia otras creencias, en un alejamiento total del don de Dios, o abrirme al amor infinito del Padre, ser creyente. Acoger la totalidad de su misterio. Al que era desde el Principio y ahora se nos volvía a entregar vivo por siempre, fuente de vida y de libertad. 38 39 Y volver a comenzar a releer toda mi vida, nuestra historia con él. La historia toda de Israel. La creación del mundo… acoger a María como Madre, junto con Hannah y los otros. Recibir el Espíritu Santo, ser enviado a la misma misión que la del Hijo… dejar que la alegría se cumpliera en plenitud. En una palabra, convertirme en un apóstol. Reiniciar un nuevo itinerario con el Maestro y peregrino que camina con nosotros. Pedirle cada día la gracia de no ser incrédulo, sino creyente. De hacerme como niño. Y así, poder contagiar su fuego a otros, al mundo incrédulo. Lo que me hace feliz es saber que me ha permitido volver a ser uno con los que creen y habrán de creer sin ver. A ser uno con todos. Con él en medio de nosotros somos lo que este mundo ha de ser. Todo uno en él. ¡Puedo andar, ahora sí, por los caminos acompañando a los incrédulos, dejar en ellos la huella del Verbo hecho carne, que se hace presente en cada encuentro verdadero, en el pan compartido entre hermanos y amigos! ¡Gracias, Señor y Dios nuestro! Santiago, hijo de Alfeo, hermano de Jeshua En Mc 3, 18 se menciona a Santiago como “el hijo de Alfeo”, que lleva gloriosamente el título de “hermano” 39 40 (adelphos) del Señor1. De ello dan testimonio otros textos, como la carta de San Pablo a los Gálatas (1, 9), Flavio Josefo y Eusebio de Cesarea. Al hijo de Alfeo se le denomina el menor para distinguirlo del otro Santiago, el de Zebedeo, llamado “el mayor”. Junto a “Cefas y a Juan” Pablo se refiere a Santiago como pilares de la Iglesia (Gal 2, 9). Santiago estuvo al frente de la Iglesia de Jerusalén como su primer Obispo, y martirizado poco antes de la destrucción de la ciudad. En la tradición católica Santiago es considero como el primo de Jesús, mientras que la Iglesia ortodoxa lo considera hijo de José de un matrimonio anterior. Jeshua, el que inició todo, es mi hermano. La parentela se ha sorprendido de que él pusiera sus ojos en mí y no en alguno otro de nuestros hermanos, Josep, Simón o Judas, o el mismo Santiago (cf. Mt 13, 55-58; Mc 6, 3). Todos habíamos convivido con él desde nuestra infancia. Entre nuestros padres y los de Jeshua había mucha cercanía. Yo era unos pocos años mayor que él y eso me hacía sentir cierta autoridad sobre él. Más que los lazos de sangre, lo que nos unía, al principio, eran las muchas horas que pasamos jugando juntos, cuando éramos niños. Después, al crecer, las muchas veces que caminamos juntos para nadar en el mar de Galilea, luego de que él llegara a Nazaret al concluir las largas jornadas de trabajar con su padre en los poblados vecinos, y yo me desocupara del cultivo de los viñedos, propiedad de la familia. Al llegar el ocaso rezábamos juntos salmos de acción de gracias, antes de regresar cada cual a su casa. En varias ocasiones compartí con él inquietudes respecto del estado de los negocios, mi indignación por la ocupación de los romanos, mi honda preocupación por el futuro de nuestro pueblo y hasta mis planes de casarme y de fundar un hogar. Jeshua me escuchaba con mucha atención, me hacía 1 En la sociedad judía, de tipo clánico, hermanos y hermanas (adelfoí) se refería a parientes o miembros de la familia extendida. Podía hacer referencia a primos hermanos. Santiago y José, Simón y Judas aparecen como un grupo bien caracterizado en el nuevo Testamento (Mt 27, 56; Mc 15, 40). 40 41 preguntas. Su sola actitud me consolaba. No solo me sentía comprendido por él. Pude captar que hacía suyas mis preocupaciones, que en parte eran las suyas, y que compartía el dolor que sentía por las muchas penurias por las que pasaba la gente; la pesada carga de los impuestos no le parecía menor que la de los preceptos que algunos del grupo de los fariseos imponían con su modo de interpretar la Ley de Moisés (Mt 23, 4). Era claro que para él, como para los grandes profetas, la elección de Israel obedecía al plan de Yahvé de formar un nuevo pueblo abierto a todas las naciones. También hablamos sobre “el Mesías” esperado y sobre el día de Yahvé, tema que estaba en boca de todos. Sobre este punto, lo recuerdo bien, él se quedaba callado. Me sorprendió mucho cuando me enteré de que, de un día para otro, Jeshua se había marchado de Nazaret. ¿Cómo podía romper así con la familia que lo vio crecer y que le dio un hogar por tantos años? ¿Qué pudo moverlo a dejar a Miriam sin su cuidado, una pobre viuda que quedó desprotegida tras la muerte de Josep? Después me enteré que se había ido donde Hannah, el bautista; que se había hecho bautizar por él y de que, por algún tiempo, fue incluso su discípulo, ayudándole en su actividad profética, bautizando en el Jordán. La partida de Jeshua había dejado un hueco no solo en casa, sino en todo Nazaret. Un día dijeron a mi padre Cleofás que Jeshua me mandaba llamar. Salí de Nazaret muy temprano por la mañana hasta que lo encontré, rodeado de gente y predicando. “¡Santiago, te he elegido!” – grito- “¡ven y sígueme!” Nos dimos un abrazo y el beso de la paz. Luego me dijo, “!Shalom, hermano! ¡Bienvenido a formar parte de la nueva familia!”. Con el paso del tiempo fui comprendiendo lo que él había dicho y tenía muy preocupados a sus parientes, que pensaron que se había vuelto loco. El verdadero vínculo familiar consiste en el cumplimiento de la voluntad de Dios (Mt 12, 49). Al grupo de los doce seguidores nos llamó “apóstoles” y nos pidió 41 42 que lo ayudáramos en su misión. Con una mezcla de alegría y desconcierto acepté sin más. De entre los compañeros ya conocía a Simón, Andrés y a Felipe, que habían nacido en la aldea vecina y solían venir a Nazaret a la venta de pescado. A Hannah lo había visto varias veces en la sinagoga; al resto, excepto a Judas, en Jerusalén, en alguna celebración de la Pascua. La mañana del sábado, después de convocarnos a permanecer con él Jeshua nos dijo que era preciso ir a Nazaret. Al llegar se dirigió a casa de Miriam. Después de saludarla nos indicó que fuéramos con él a la sinagoga. De pronto entendí por qué me había elegido para ser su discípulo. Sentí la importancia de que alguien de casa participara en la tarea de anunciar que el reino de Dios había comenzado a llegar, y de que fuese testigo entre los parientes. Desde aquel momento supe que el vínculo que nos unía era más fuerte que el de la sangre. Pasaría un buen tiempo hasta que mis padres, Alfeo y Miriam, como el resto de los miembros de la familia, lo entendiera también así y lo vivieran con inmensa alegría. Todos quedamos admirados de lo que hizo Jeshua en ese día. Al leer, como era la costumbre un pasaje de la Escritura, él eligió al profeta Isaías y comunicó a la asamblea que en ese justo momento se había cumplido lo que ahí dice, delante de nuestros ojos. Jeshua hacía suyo el papel del “ungido” y su misión. El espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la buena noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar la libertad a los cuativos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, 42 43 para proclamar el año de gracia del Señor. (Isaías 61, 1; Lc 4, 18-19) El extrañamiento fue tan escandaloso que un grupo de los presentes se proponía matarlo. Entre los doce intentamos detener al tumulto. Jeshua se abrió camino entre todos. Entre gritos y piedras salimos de Nazaret. Jeshua estaba asombrado. ** Seguir a mi hermano menor como mi Maestro fue un honor desconcertante. Ante sus gestos, frente a los desencuentros con la familia y con las autoridades religiosas llegué a sentir que era mi obligación corregirlo, pero la autoridad con la que actuaba y hablaba me dejaban mudo. Seguir a Jeshua fue aprender lo que significa ser, en verdad, hermano. Uno solo de sus gestos me hizo entender la verdadera diferencia que existe entre ser mayor y ser menor. Poco antes de que Judas, hijo de Simón, lo traicionada Jeshua nos lavó los pies a los doce. De este modo puso en claro que el modo de seguirlo es imitarlo. Por mi parte capté en ese momento que su vida entera había sido un único acto de servicio, y que era próximo el fin en medio de nosotros. Después de la Pascua, cuando fuimos impulsados a predicar y a compartir nuestra alegría por todo el mundo, a mis nuevos hermanos les pareció apropiado que yo presidiera la comunidad de Jerusalén. Me sentí muy honrado y muy indigno, pero, movido por el deseo de darlo a conocer a los nuestros, acepté. “Los nuestros” no eran ya solo los de casa. Ni siquiera los hijos de Israel. Eran todos los que aceptaban entregar sus vidas acogiendo la vida de Jeshua, sumándose a quienes habíamos experimentado que él estaba vivo en medio de nosotros. 43 44 Cuando me comunicaron que deseaban que yo presidiera la comunidad expresé que lo haría con una doble condición, que me fue aceptada. Que no se olvidaran de que Jeshua era mi hermano menor y que, para honrar por siempre su memoria, yo sería llamado como él mismo lo hizo alguna vez con mucho cariño y su buen humor: “hermano Santiago, tú eres el menor”. Indigno y feliz quiero hacer vivo hasta la muerte el recuerdo de su modo de ser y actuar. Jeshua, restablece tú la fraternidad perdida entre todos los hombres. Por tu presencia en medio de nosotros, la historia que escribimos día a día entre todos es grande y sublime. Sin ella es una noche de caos y de alaridos, es la historia de la iniquidad que se remonta a Caín. Tú nos ves y nos tratas como un don que el Padre te ha regalado. Tu muerte nos ha mostrado que Dios paga el precio de la vida del justo que ha amado hasta el final. No permitas, hermano y Señor nuestro, que echemos a perder tu encomienda de regenerar todos los vínculos. Tadeo 44 45 Judas Tadeo, o Lebeo, hijo de Alfeo o Cleofás y María. Fue hermano de Santiago el más joven. Fue uno de los apóstoles de los que se sabe poco y vivió en Galilea. Jerónimo lo llamó “Trinomios” lo cual significa “un hombre con tres nombres”. En Marcos 3:18 es llamado Tadeo. En Mateo 10:3, Lebeo. Su apellido era Tadeo. En Lucas 6:16 y Hechos 1:13 es llamado Judas el hermano de Santiago. Judas Tadeo también fue llamado Judas el Zelote. Por su carácter fue un intenso y violento nacionalista con el sueño de poder mundial y dominio del pueblo escogido. Según los registros del Nuevo Testamento (Juan 14:22) él le preguntó a Jesús en la Última Cena, “¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo?” Judas Tadeo estaba interesado en dar a conocer a Cristo al mundo. No como un Salvador sufriente, sino más bien, como un Rey gobernante. Nosotros podemos ver claramente por la respuesta que Jesús le dio, que el camino del poder nunca se puede reemplazar por el camino del amor. La tradición dice que predicó en Asiria y Persia y que murió como mártir en Persia. Se ha dicho que en Edesa, cerca del Río Éufrates, Judas sanó a varios enfermos y convirtió a muchos. Fue asesinado con flechas en el Ararat. El símbolo elegido para él es el barco porque fue un misionero enseñado a ser pescador de hombres. *** ¿No es la sed de luz que habita en nosotros luz que ha de brillar para los hombres? ¿No habíamos nacido de esa luz desde que fuimos tejidos en el vientre de nuestras madres? Jeshua fue luz a cada paso que daba, en cada uno de sus gestos; en su figura robusta, curtida de sol, de trabajo y de arena, irradiaba vida. Se sentía el peso de la presencia de Dios cuando se acercaba a nosotros. Su sonrisa proveía del fondo luminoso que irradiaba su rostro, sus manos que curaban, sus palabras que consolaban, sus caricias a los 45 46 niños, a los ancianos. Todo en él, su sonrisa, la fuerza curativa de sus manos, el consuelo en sus palabras, las ternuras de sus gestos provenían de una única fuente, como el sueño que solo podemos alimentar cuando un niño duerme. Ese era el modo en que manifestaba que vivía agradeciendo la obra de su Padre. Su atención por las viudas, los ciegos, los marginados, los impuros eran el modo en que sentíamos que el Padre iba firmando su pacto de amistad con su pueblo. Sin ser hiriente, las preguntas de Jeshua calaban muy hondo en el corazón. Usaba las palabras justas, en los momentos necesarios. Pronunciaba los verbos que mostraban el movimiento del Espíritu. Las metáforas de las que el mundo tenía necesidad para saber que la tierra es del Señor, él la habita, trabaja en ella, y está siempre en medio de nosotros, a favor nuestro. Al escuchar a Jeshua se encendía nuestro corazón. Entendimos que en Jeshua era Dios mismo quien se dirigía a nosotros. Jeshua nos hizo sentir que cuando se dirigía a la gente, Dios mismo lo hacía, con un gusto desbordante. ¡Felices ustedes…! Y aunque se tratara de pocos, para él era como si se dirigiera al pueblo entero, sí, me atrevo a decir, a todos los pueblos abiertos a acoger su buena noticia. Su “ustedes” y “nosotros” era tan incluyente que nadie podía sentirse fuera, a no ser que así lo decidiera, por un acto de rechazo que, en realidad, solo es explicable como un endurecimiento y una auto-exclusión de la comunión a la que él venía a compartirnos. La luz estaba en él. La luz era él, penetrándolo todo. Era la llama que brilla en las tinieblas de un mundo que entre todos habíamos convertido en lugar de tiniebla y de muerte. Mundo dolorido y enfermo a quien nadie era ya capaz de ofrecer curación. En él encontrábamos todo; alimento, alegría, silencio. Todo con la simplicidad con la que solo Yahveh puede actuar, crear, amar. Invoqué tu nombre, oh Señor, en la noche y guardé tu Ley. 46 47 Salmo 119, 55 Tú encenderás mi antorcha, mi Señor hará luz en la oscuridad. Salmo 18(17), 29 Jeshua es el fuego que ha comenzado a arder en el mundo. Por eso no rechazamos que se nos llame “chispas del nazareno”. ¡Nada más grande y digno! Así recordamos que, del polvo, del lodo y de la nada el Padre ha tenido a bien hacernos sus hijos. Las chispas del Nazareno somos los hermanos de Jeshua. Hermanos de sangre, porque en ella bebemos de un mismo cáliz. Y de su carne nos alimentamos. ¡Somos carne de su carne! En medio de una embriaguez y de un gran temor, nos sentíamos movidos a una desmesura, a perdernos fuera de nosotros; a desear ya no retornar a lo que habíamos sido y éramos… Al tiempo del atardecer seguirá habiendo luz. Zacarías 14,7 Simón, el Cananeo Mateo 10,4; Marcos 3,18; Lucas 6,15; Hechos 1,13. Los evangelistas Mateo y Marcos lo nombran Simón, el Cananeo; Lucas y Hechos lo nombran como Simón el Zelote. De este apóstol se conoce tan poca cosa que incluso el nombre, “el fanático”, produce problemas. ** Nos sentíamos emocionados de solo verlo. Su paso invitaba a caminar con la misma resolución con que lo hacía él. Nadie como él mostraba tener tanto sentido de las cosas. De lo que valen. De lo que son. De cómo todas apuntan a su Creador. De que Dios las hizo para 47 48 que nos sirvan para cuidar de su obra y cultivarla, para continuar su obra creadora. Jeshua procedía con todo como si el Padre hubiese puesto todo en sus manos (Juan 13,3; 5, 22-27). Nadie como él era espontáneo, sincero, claro, directo, justo. Nadie irradiaba esa jovialidad que lleva el signo de lo invencible. Sus manos, sus pies, su rostro eran las de un príncipe, un profeta, un sabio que no sabe que lo es ni le importa. Nadie con esa desbordante simpatía. Aunque no todos lo reconocieron abiertamente, a todos nos cautivó desde que se acercó a nosotros, aún quienes, por envidia, acabaron odiándolo. Al mirar a los hombres y mujeres, los transformaba. A sus ojos fuimos peces, pescados, redes, pescadores, hermanos, hijos de su mismo Padre. Todas las mujeres eran rosas preciosas de Jericó, y él, el jardinero dedicado y cuidadoso. Creo que lo que en él vimos fue la simplicidad del don puro. Por eso supimos que venía de Nazaret y venía de Dios, somos gente ruda. Esa es nuestra fe sencilla y sincera. No aspiramos a más verdad que la del Dios que nos guía desde que el rabbi puso en nosotros su mirada. No aspiramos a hacer más que un servicio cordial, sin calcular nada, sin medir los propios esfuerzos, con gratitud y respeto desbordantes. Porque así lo vimos actuar y así es desde el fondo de su ser. Cada bienaventuranza hacía resonar algo en el interior de cada uno de nosotros y, por los rostros de gozo, sabíamos que también en toda la gente que se agolpaba para escucharlo. Poco a poco, fuimos dándonos cuenta de que él era, antes que todos, un bienaventurado. Todo él se decía en cada una de esas declaraciones. Todo él se hacía bendición en su felicitar a los sufrientes, a los forjadores de paz y de caminos de justicia, o a los perseguidos por causa de su nombre. Y a nosotros, nos invitaba a ser esa suave resonancia, a dejar que el eco de cada una de sus palabras cobrara más y más la fuerza que hiciera de nosotros bendición para los otros. No era que nosotros pudiéramos simplemente conocerlo de tan solo verlo. Él se daba a conocer. Él se daba. Lo conocíamos, como si nos hubiera enamorado. Conocerlo era 48 49 acogerlo. Verlo era más que mero “ver”. Era, ante todo, ser mirados. Y su mirar, que se posaba en nosotros como una flama, pronto se dirigía al horizonte que teníamos delante de nosotros. El desierto, las montañas, los poblados vecinos, el mar, como dándonos a entender que al acoger su mirada amorosa teníamos que volvernos hacia donde él encaminaba sus pasos, movilizado internamente por el Espíritu que lo guiaba en direcciones impredecibles. Marchar detrás de él, operar, cada cual, tal como es, tal como él nos iba haciendo ser, sin darnos cuenta. Pero ya nunca más como algo realizado por cuenta propia. Comprar los alimentos, prepararlos, ir de dos en dos a otros poblados, expulsar demonios, curar enfermos, anunciar la buena nueva. Nos sentíamos sostenidos por su palabra y su silencio. Pero llegaba un momento en que sentíamos la necesidad de volver donde él, hablarle de lo que habíamos hecho, esperar nuevas instrucciones, enseñanzas, recibir el alivio de poder descansar juntos, comer, reír, orar. Así la amistad entre nosotros se hacía cada vez más fuerte, más real, amistad de hermanos, de seguidores y discípulos, de un mismo maestro, de hijos de un mismo Padre. Seguir era, y es, simplemente un honor y el único modo de agradecerle. Jeshua me ha liberado de todos mis fanatismos para hacer de mí un creyente enamorado. Judas Iscariote Judas Iscariote, el traidor, fue el hijo de Simón, quien vivió en Kerioth de Judá. Fue elegido por Jesús, al igual que los otros once. Él lo traicionó por treinta piezas de plata y luego se ahorcó (Mateo 26: 14,16). Judas es el enigma supremo del Nuevo Testamento porque es muy duro ver como alguien que estuvo tan cerca de Jesús, que vio tantos milagros y oyó muchas de las enseñanzas del Maestro pudo entregarlo en mano de sus enemigos para que lo mataran. 49 50 Su nombre aparece en tres listas de los 12 Apóstoles (Mateo 10:4; Marcos 3:19; Lucas 6:19). Se dice que Judas vino de Judá, cerca de Jericó. Él era un judío y el resto de los discípulos eran Galileos. Era el tesorero del grupo y estaba entre los que lideraban conversaciones. Se dice que Judas era un judío nacionalista violento que siguió a Jesús con la esperanza de que a través de Él sus sueños y su llama nacionalistas pudieran ser realizados. No cabe duda de que Judas fuera un hombre codicioso y en ocasiones usó su posición como tesorero del grupo para tomar dinero del monedero común. No hay una razón cierta de por qué Judas traicionó a su maestro, pero no fue su traición lo que colocó a Jesús en la cruz, sino las autoridades religiosas de Israel y el cónsul romano, Poncio Pilato. En última instancia, el pecado del mundo. Su símbolo apostólico es el lazo corredizo de una horca, o una bolsita de dinero con piezas de plata cayéndose de él. De este hombre, hermano nuestro, al fin, nos avergonzamos los once. Después de deliberar y confrontarnos al punto de suscitarse asperezas entre nosotros, decidimos no llamarlo más “el traidor”, que lo fue. Por intercesión de los hijos de Zebedeo y de Natanael hemos decidido, no sin dificultad, orar por él, presentarlo al Padre nuestro, con sus manos ensangrentadas. En voz baja le llamamos, como lo hizo Jeshua hasta el último momento, “amigo”. Oramos con dolor y confusión, reconociendo lo que en nosotros hay todavía de él, por “el amigo que entregó al Señor”. Testimonio de “los once” 50 51 Simón, Cefas, puesto frente al grupo y detrás del Maestro Estábamos juntos. Fuimos refundados en nuestra pequeña sociedad de antaño, ahora en una comunión sorprendente que a todos nos rebasaba en fuerzas, en capacidad de vernos, reconocernos, y aceptarnos unos a otros tal como somos, de comenzar a querernos por encima de los intereses que habíamos tenido en común hasta ese momento, y de los lazos que ya nos unían; los de sangre, entre André y yo, los de camaradería, con Natanael, Tomás, el “Dídimo”, los de Zebedeo y los otros dos que no dudaron en quedarse con nosotros aquella mañana a orillas del mar. Fuimos refundados en la comunión con el Señor, que ahí se nos dio en el pescado y en el pan que recibimos de sus manos. Refundados con los 153 peces que sacamos del mar cuando hicimos lo que él nos indicó. Cuando echar las redes no era una acción de rutina, una faena para romper el tedio, una de tantas actividades con las que tratábamos de llenar el tiempo, el vacío, el dolor de su ausencia… Juntos estábamos rezando. Orábamos los salmos como él nos los había dicho. Y la oración a quien ya sentíamos que era Padre suyo y Padre nuestro. Lo hacíamos, sin acabar de saber si aquello tenía sentido. “Papá” había desaparecido cuando el Maestro expiró. Juan aseguraba que no, lo mismo que las mujeres, entre ellas, nada menos, Miriam, su madre. La verdad es que nos sentíamos huérfanos. Y yo, muy confundido. Sin saber si el dolor que sentía era más por mi debilidad, al haberlo negado tres veces, o por él, realmente por él, porque lo dejé solo en el momento crucial. En “la hora” de que nos habló varias veces. Nuestra oración era un deseo confuso que ya no sentíamos acogida por el abba a quien habíamos empezado a conocer, sino una recitación de palabras arrojadas al silencio, a veces mudo, a veces sonoro, que nos iba envolviendo más y más, y que nos hacía sentir que el misterio del Reino era el misterio del Padre y de la filiación que aún tendríamos que aprender a vivir en comunión con Jeshua. Aunque no podría asegurar si de igual manera para todos. Natanael callaba todo el tiempo. Los otros dos que acarrearon las redes hasta la orilla me han pedido que no mencione sus nombres. Esperan recibir uno nuevo, del Maestro…. Hannah se pone a disertar y nos aburre. Con los de Zebedeo había una como extrañeza. Como si la amistad que habíamos comenzado a cultivar en los días del seguimiento, se disipara tan pronto como desapareció la roca que la 51 52 sostenía. De todos modos, cuando les dije que me iba a pescar dijeron: “vamos contigo”. Me confortó ese gesto de solidaridad. También me avergonzó un poco el que me dieran cierta autoridad… La comunión se funda en él. Brasas, pescados, pan. Él dándonoslo, repartiéndolo. Dándonos la abundancia de los 153 peces, de los hombres, de las gentes que esperan nuestras redes. La comunión se funda al amanecer. Cuando amanece al mundo, en el plato de todos, el pescado y el pan que a todos alimenta. El nuevo mirarnos unos a otros a los ojos cuando compartimos lo poco que tenemos. El agradecer. Él rompe nuestros ayunos. Él nos sacia y nos llama a saciar a otros. Esa mañana el Rabbi nos movió a agradecer junto con él al Padre. Y nosotros dijimos, llenos de inmensa gratitud: papá, muchas gracias por tu Hijo. Él es tu bendición para con nosotros y para el mundo entero. ¡Permítenos unirnos a su acción de gracias! Fue así como comprendimos que el gozo no era nuestro, sino suyo, y que poco a poco, conforme la comunión se solidificara, se extendiera, abarcara a todos los hombres, nos atravesaría, nos sazonaría, nos quemaría como el fuego de esas brasas suaves, incandescentes. Juntos danzamos alrededor de esa hoguera. Y lo hacemos en su nombre, como cuando echamos las redes al mar… ¿Quién teme ya, ¿quién juzga? Y así, entre bocados, risas y carcajadas se pasó el rato. Parecíamos soñar. ** Luego vino el momento más duro. El momento de tocar mi verdad. De enfrentar la pregunta decisiva, la más penetrante, la que me desnudó más que cuando lo hice por mí mismo al salir a pescar…. Simón, hijo de Jonás ¿Me amas? Nos hizo saber que nuestra fe no era sólida, ni siquiera genuina. En el momento de prueba, habiendo llegado “su Hora” todos nos dispersamos, como bien lo previó él, como ovejas sin pastor. En lugar de permanecer cerca de él, incluso ahí donde los lobos lo desgarraban e 52 53 intentaban devorarlo. Oímos su voz, pero no la escuchamos. El pastor fue herido, y nos dimos a la fuga, cada cual por su camino. El pastor nos llamaba, su Padre nos atraía hacia él, no solo a nosotros, sino a todos los hombres, desde ese doloroso camino que remató en la cruz (Juan 3,14). Fue esquilmado y llevado al matadero, y enmudeció como un cordero delante de sus trasquiladores (Isaías 53, 7-8). Nuestra cobardía, nuestra infamia… Fueron actos que estuvieron más allá de todo precepto, de todo mandato, de todo código de honor y de lealtad. La mayor infamia. Bajo la mirada de Jeshua nuestros actos encontraron no solo comprensión, sino perdón y consuelo. Y en medio del perdón y del consuelo, la pregunta que desveló lo que de verdad había en mí ¿Me amas? Me encomendó presidir su misión en la tierra. Apacentar a sus rebaños. ¿Cómo pudo ver más que mi debilidad, mi amor tan escaso, mi vacilante corazón? Su obra en el mundo pasaba y se tendría que extender por nuestras manos. Nos convocaba a todos, y nos dio su paz. Los ánimos de todos volvieron a inflamarse, y nos dieron un valor que no venía de nosotros mismos. Él era la buena noticia y tenía que correr por todos los caminos más allá de Jerusalén, en Samaria, en Galilea, en Antioquía y, como ocurrió una vez que Saulo se unió a nosotros, a todos los rincones de la tierra. El honor de ser su enviado, tal como Él lo es del Padre, incluye el honor de poder morir por él. El camino que había que recorrer pasaría por la cruz. La de cada cual. Ya no importaba. El temor se disipó una vez que, examinado en el amor, constatada mi poquedad fue él quien volvió a insistir: tú sígueme. Él sigue mirándome hoy a los ojos, pobre pecador, como lo hizo en el pretorio del cónsul romano, como lo hizo en el lago, en aquél desayuno preparado con sus propias manos. Allí me convalidó, siervo inútil, amigo traidor, como custodio de mis hermanos. Como pastor de sus corderos. No se fijó en nada más. Solo quería mi titubeante “sí” para darme la encomienda de la que me siento tan indigno. Su mano puesta sobre mi hombro me sostiene en la gran tarea. No tengo ya otro oficio. He de actuar en su Nombre. Junto con mis hermanos he de ser signo de su misión frente al 53 54 mundo, en despoblado y bajo todo techo en que se comparta el pan; en donde su nombre sea desconocido y en donde un hermano nuestro sea ultrajado; en donde los tiranos aplasten a los pueblos. Con él, contentos, por poder hacerlo en su Nombre. Con él nos embarcamos en este mar. Hay tormentas. Resbalamos. Una y otra vez tropezamos. Nada importa. Sé que él está con nosotros porque nos lo prometió, y si alguien es veraz, es él. Porque, por más que muchas veces sentimos hundirnos, nuestra barca no naufragará. Los rayos del Sol nos ofrecen su calor. A veces nos abrasan. A eso nos acostumbró nuestro oficio de pescadores. Ahora sentimos que todo remite a él. Porque todos los bienes que a diario recibimos, como los rayos del sol, tienen en él su única fuente. El horizonte se extiende frente a nosotros en su inmensidad inabarcable, frente a ese astro luminoso. Lo nuestro es abrasar esa su luz. Lanzar nuestras redes a los hombres, tiernamente, al modo en que nosotros fuimos pescados. Y dejar que sea él quien los entusiasme a unirse a nosotros. Ser las manos del Maestro, ser sus pies de bienandante. Ser los balcones de su mirada. De nada somos menos dignos. Sintiéndonos bajo su mirada, eso nos basta. ** Yo decía que el mar solo puede ser el mar de Galilea. Ese fue el lugar del primer encuentro. Ahora veo, por las mismas razones, que el mar es el mundo, con sus millones de peces y de pescados. Que el mar es todo mar. Que el mar lo es todo. ¡Él es el mar, porque todo lo sostiene, lo alimenta, lo vivifica con sus grandes olas y su fuerza incontenible! Desde que Jeshua pisó esta tierra vida significa vida con él para los hermanos. Tú eres el Cristo, el hijo de Dios vivo. Esto le dije un día en Cesarea de Filippo, sin saber lo que decía (Mateo 16.18). Me había sido revelado y mis ojos estaban empañados. Somos hechura de tus manos. Creados a tu imagen. Tú nos vas modelando poco a poco. 54 55 Somos tu Ecclesia. Los que hemos creído en ti y no tenemos más a donde ir (Juan 6,68). Ovejas descarriadas que tú has salido a encontrar. La Iglesia no es tu Reino, sino su devenir entre los hombres. El reino en lucha por alcanzar la libertad del amor sin límites. Nos perdemos cada vez que apartamos de ti nuestras miradas. Zozobramos cada vez que creemos que podemos navegar sin ti. Cuando confundimos nuestros sueños, llenos de nuestras pequeñeces, con los del Padre. Cuando cambiamos tus raceros sin medida por los nuestros, llenos de cálculo, cortedad de miras y de intereses mezquinos. Cuando nos empeñamos en poner tu vino nuevo en nuestros odres viejos. Tu Iglesia son esos peces de mil colores que surcan todas las aguas, a quienes hemos de pescar amorosamente. De aquellos a quienes, humildemente, hemos de invitar con palabras amables o a manotazos, a que vengan y se sumen a nosotros para proseguir tu obra, como indignos socios de la misma compañía pesquera de la que soy el siervo de los servidores, siervo inútil, pero feliz. Todos los hombres y mujeres somos la causa de tu Padre. Es tu causa y razón de ser en medio de nosotros. También la nuestra. Todos hemos hallado gracia a los ojos de Dios gracias a ti, Jeshua. Todos hemos de guardar, en tu nombre, el honor del Padre. Jamás sabremos agradecerlo suficientemente. Pero tú, con el ejemplo, te nos has adelantado, y nos has mostrado la pauta. Dar la vida por los amigos. Cántico de los apóstoles Sé Tú, Señor nuestro horizonte mientras caminamos. Danos creer, esperar, amarte en cuanto va aconteciendo, día a día. No nos permitas huir, sino enfrentarlo todo, tomados de tu mano. Concédenos dejarnos encontrar en todo cuanto demanda de nosotros la eterna sorpresa de tu amor superabundante. Danos verte en los rostros de los otros, ahí donde pareces menos reconocible; en todo hombre y mujer, en cada niño y cada anciano. Que sea tu rostro el que se dibuje y brille en nosotros. 55 56 Tú, nuestra pasión más grande, de quien proviene la fuerza que nos unifica y nos impulsa a la comunión de todos contigo; Tú, nuestra verdadera alegría sean santificado tu nombre bendito y el de tu Padre en el cielo y en cada uno de nosotros. Que nuestras vidas sean una respuesta al Reino ha llegado contigo, que llega; Haz de nuestra vida transparencia de tu ser en nosotros y en medio de nosotros. ¡Tú, la Vida, la vida de todos, vivifícanos ¡ 22 de agosto de 2019, Fiesta de Santa María Reina de los Apóstoles Bibliografía: Barclay, W. Los hombres del maestro, Desclée de Brouwer, Bilbao, 1988. Gnilka, J., Jesús de Nazaret, Herder, Barcelona 1993. Martini, C. M., Testigos de Cristo en unión con Pedro, Paulinas, Bogotá, 1986. ___________, Itinerario espiritual de los Doce. En el Evangelio de Marcos, Buena Prensa, México 1999. Puig, A., Jesús. Una biografía, Destino, Barcelona 2005. Segalla, G., Panoramas del Nuevo Testamento, Verbo Divino, Estella 2004. Schökel, L.A., La Biblia de nuestro pueblo, Claret-Mensajero, Bilbao 2015. Schnackenburg, R., Amistad con Jesús, Sígueme, Salamanca, 1998. L’ÉCOLE BIBLIQUE DE JÉRUSALEM, R. Sully (dir.), Dictionnaire Jésus, Bouquins, París, 2021. Recursos en línea https://opusdei.org/es-mx/article/quienes-fueron-los-doce-apostoles/consulta 09/042023 56 57 https://www.bibleinfo.com/es/questions/%C2%BFqui%C3%A9nes-fueron disc%C3%ADpulos%3F. Consultada 0904/2024 Mosaico bizantino que muestra a un apóstol llamado "Iacobus Auh..." 57 los-doce-
0
Puede agregar este documento a su colección de estudio (s)
Iniciar sesión Disponible sólo para usuarios autorizadosPuede agregar este documento a su lista guardada
Iniciar sesión Disponible sólo para usuarios autorizados(Para quejas, use otra forma )