POEMARIO BOBYE ABID CID
Poema de Inicio
I.
La cueca, de Óscar Castro
Cueca de la tierra mía,
tañida bajo las parras,
entre un sonar de guitarras
que desbordan su alegría;
compañera de las farras
aliviadora de males,
que, entre un chocar de cristales
y un batirse de pañuelos,
va riéndose con revuelos
de ponchos y delantales.
En las trillas campesinas
la corearon las vihuelas
y un tintineo de espuelas
dió-sus notas cantarinas;
la zapatearon las chinas
con gráciles movimientos
y se esparció por los vientos
junto al olor del asado
el sollozar desgarrado
de una cueca de lamentos.
¡Cueca de celos y amores,
de picardías y llantos,
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en que lucen los chamantos
como campiñas de flores.
Placeres y desencantos
van a su música unidos
y se funden los latidos
en todos los corazones
cuando preludia sus sones
la cueca de los olvidos.
Septiembre, que llegó arreando
el piño de sus banderas,
igual que trigo en las eras
alegría va trillando.
El mozo pregunta ¿Cuándo?
a la moza casquivana
que, en medio de la jarana,
luce su belleza oronda.
¡Y se estremece la fonda
con la cueca ciudadana!
La cueca tiene un cuchillo
y un pañuelito bordado,
ojos tiene de pecado
y corazón de chiquillo;
acero de firme brillo
y soledad de querer.
La cueca es una mujer
que se quedó suspirando,
y que ahora está cantando
por sus heridas de ayer…
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Poemas Intermedio
II.
Chile, mi patria
Patria que palpitas bullente en mis venas
te llevo en la sangre dentro de mi piel
porque eres cual madre que nos da la vida
porque eres el cielo que nos vio nacer.
Si en tierras extrañas me encontrara un día
y de ti distante, lejos de este edén,
creo que la pena me consumiría
y hasta lloraría por querer volver.
Es Chile mi suelo, esta faja angosta;
que se alarga... alarga con su litoral,
con su cordillera blanca inmaculada
que se yergue magna, frente al ancho mar.
Al norte el salitre, la pampa dormida;
el centro turgente de vegetación;
las viñas cual sierpes que escalan los cerros,
los mostos que esperan su degustación.
También está el cobre, riqueza de Chile;
está la alegría, la fuerza, el valor;
hombres arriesgados que exponen sus vidas
bajando a los piques a extraer carbón.
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Es la Araucanía tierra de mapuches,
tierra de trigales tendidos al sol,
esos que en verano maduran la espiga
y que dan a su gente potencia y vigor.
Más al sur, la tierra de las maravillas:
helechos gigantes, cascadas ignotas,
los lagos, los ríos, el coihué, el laurel;
milenario alerce que se haya escondido
en ese paraje que aún no ha hollado pie.
Y al final se acaba esta patria nuestra,
se hunde en el abismo profundo del mar
y se alza allá lejos, resurgiendo altiva
en algún remoto terreno insular
Bobye Abid Cid
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III.
Vana espera
Anhelé tu carga en mi cuerpo frágil;
pensé que algún día vendrías por mí
buscando el cariño, buscando una madre,
que en su vientre tibio te acogiera a ti.
Formé con mis brazos una cuna suave,
en mis labios tiernos modulé un cantar
y soñé contigo, y soñé la dicha
de que me llamaras un día ¡mamá!
Y pasé tejiendo vanas ilusiones:
¿qué color tendría tu pelo o tu piel?
¿qué dulce mirada tendrían tus ojos?
tal vez fueran grises, quizás color miel.
Fue vana la espera, larga la confianza,
después de mil lunas que sumé y sumé
me quedé añorando con ternura inmensa
el plasmar mi vida en un nuevo ser.
Ha pasado el tiempo y ya no llegaste,
se agotó la espera, se secó el vergel;
y supe que nunca tendré la alegría
de sentirme plena, de verdad mujer.
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IV.
Plenitud
Amo desde niña las bellas palabras:
Rocío… neblina… ocaso; alborada
e, hilvano con ellas, fantasías blancas.
-fueron mis amigos lo gnomos, las hadas,
las princesas dulces que, en la noche clara
vestida de luna, mis sueños poblaban.
Amo de los niños su tierna mirada,
el candor mohíno de medias palabras;
me conmueve el eco su risa fresca
y, sufro indecible su pena lloraba.
Amo de las rosas el perfume tenue
y, en éxtasis miro esa gota de agua
cual perla genuina
que trémula y pálida
al beso del aura estalla irisada.
Amo de los bosques la oquedad umbría
donde habitan seres que no han visto nunca
el claror del día…
amo la montaña que se yergue enhiesta
impoluta, alba, majestuosa y fría.
Amo la llanura y, su extensa falda
amo las cambiantes nubes pasajeras
que corren esquivas y, que a veces raudas
sin un previo aviso la lluvia descargan.
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Amo de los ríos, su desliz sin pausa
amo de los lagos su placida calma;
del mar, el continuo barrer en la playa
y, el ronco bramido que hace la resaca.
Amo de las noches esa luz serena
lunada, imprecisa que ilumina a medias,
amo el sol radiante de cada mañana
que al mundo dormido le entibia la cara
diciéndole quedo: ya llega la hora
“levántate y anda”.
Amo cuanto existe, cuanto tiene vida
amo aquello inerme que ya no la tiene,
la piedra en la senda, la rama caída;
porque me recuerda que también mi cuerpo
como esa materia obsoleta y frágil
será cual la sombra que sin proyectarse
queda al medio día.
Siempre amé del ave sus útiles alas
y, quise ser ave y quise ser rio
y quise ser playa, volar por los aires
correr por el cauce
descansar mis huesos en la arena cálida.
Y, amo sobre todo la suprema fuerza
del Dios infinito, que hizo que
hizo que en la tierra… de todo existiera…
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Poema de cierre
V.
Manos de mujer
Observo mis manos
ajadas y viejas;
los surcos del tiempo
se han impreso en ellas.
En estas mis manos
que han hecho mil cosas:
que han acariciado,
que han lavado platos,
que han plantado rosas,
que han peinado niños,
que han curado heridas,
que han planchado ropas.
Manos agitadas en las despedidas
y que con ternura suavizaron penas.
estas, mis dos manos, estas manos mías
que amorosamente, se extendieron plenas,
en las bienvenidas,
cobijando firme las manos queridas
del amado ausente, que al hogar volvía...
Y que un día ignoto;
se quedarán quietas
junto a un cuerpo inerte
que no tendrá vida.
Así, mis dos manos,
como mariposas,
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plegando sus alas,
estarán dormidas.
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